Sabiendo que siempre estamos en crisis, podrían haber decidido ahorrar más dinero para la fiesta. Finalmente, terminaron poniendo trece mesas, donde ubicaron una cantidad enorme de familia y amigos, pero con apenas rastros de comida.
Habían pasado tres años desde que decidieron casarse. No tenían ayuda económica de ningún tipo. Los parientes eran todos más pobres que ellos, y de actos de caridad del pueblo esperaron poco y nada. Aunque Julieta no dejó de hacer varios intentos, para de una manera u otra encontrar quien les financiaran el evento. Salvo lo poco que pude darles yo de mis ahorros, con el resto no tuvieron éxito.
La fiesta desde el punto de vista de un extraño fue un fracaso. Un vino de mesa en tetra, mignoncitos de la panadería del club, chorizos, morcillas, y algunos cortes de carne como tortuguita o paleta. La música la pasó el primo de Julieta, y las fotos las sacó el hermano, que entre copa y copa de vino barato terminó sacando fotos de baldosas, mariposas, y puro plano cortado.
Sin embargo los casados, la pasaron genial. Tuvieron una noche para recordar. Julieta de los nervios no tuvo hambre, así que no probó ni las achuras ni la carne. Pablo estaba tan borracho que no veía si los demás se divertían. Bailaron toda la noche, la música de Juancho que se repitió unas tres veces, porque el compilado que había grabado solo duraba dos horas. Nadie pensó que la fiesta duraría tanto.
Los parientes más lejanos, fueron los primeros en irse, algunos directo a un restaurante, y otros derechito a la cama para mejor no acordarse.
Los padrinos estaban emocionados, sus hijos casándose, después de tres años de amagues, aunque no habían comido nada por las dudas no alcanzara la carne.
Julieta y Pablo salieron felices a las 6 de la mañana de la ¨quinta¨ de un amigo, donde se dio el festejo. Manejaron hasta su casa, donde pasaron su noche de bodas. Hacía también tres años que vivían allí, entre caja y caja, donde guardaban sus cosas, pues el departamento tenía solo un ambiente.
La cocina sorprendía detrás de una puerta de placard, debían tenerla inmaculada, porque sino la puerta no cerraba, y el desorden que invadía la ¨casa¨ era imposible de controlar. Las cajas de libros, de decoraciones, de papeles, imperaban en el ambiente, haciendo una especie de pirámide sobre una de las paredes.
Julieta se las había arreglado, con una buena tela las había tapado, y parecía ser un monumento al ingenio, pues entre caja y caja apoyaban los portarretratos, floreros, y adornos que les habían regalado.
Llegaron a los portazos, entre la excitación de la noche de bodas, más la mala bebida, entraron al departamento, y a los besos arrasaron con toda la ¨decoración¨. Julieta termino metida entre las cajas, Pablo metido entre Julieta, así festejaron los cuatro años juntos. .Entre papeles y libros, fotos y floreros, hicieron el amor incontables veces, agotados...
Al día siguiente se despertaron al mismo tiempo. Se vistieron y salieron a cenar, pues ya eran como las 10 de la noche, y habían estado durmiendo el día entero. Estaban de vacaciones, tenían diez días de luna de miel, diez días que pasarían juntos, en su departamento, entre cajas, en medio de un despelote, despelotados, y felices.
Cuentos
lo que me sale del alma
Saturday, March 13, 2010
Wednesday, September 30, 2009
Ficción "La minifalda"
Solía pasar por la vereda donde estaba el restaurante y caminar con distintas minifaldas, parecía tener una para cada día de la semana. Las combinaba con distintas blusas de volados, de variados tamaños. Ese día se había puesto una de color azul Francia, con dos volados que salían desde el cuello, una combinación de vestimenta medieval y babero de bebé aristocrático. La minifalda era en distintos tonos de verde y marrón, dando una sensación de camuflaje, que nada hacía más que contrastar con la vereda de baldosas amarillas de la calle Corrientes. Traía como siempre el mismo bolso de cuero negro con manijas charoladas, demasiado grande para su tamaño.
Había sido Actriz en una época, eso le contaba a todo el que encontraba. No sé en qué año, porque era muy difícil descifrar su edad. Tenía la piel de una mujer grande, pero sin embargo parecía no tener arrugas, su piel brillaba como brilla la de un adolescente con acné pero hablaba de épocas y compañeros de cartel, que hacía tiempo habían fallecido. Su pelo parecía natural, aunque más de una vez me di cuenta que se movía demasiado, y sospeché para luego comprobar con certitud que se trataba de una muy buena peluca.
Esa tarde la vi caminando por la misma vereda, como hacía diariamente desde que nos mudamos con la empresa a la oficina del centro, ya hacía casi 15 años. Pero esa tarde sin embargo fue distinta. Ella solía caminar por la misma cuadra, llegaba a la esquina de Corrientes y Suipacha y giraba lentamente su cuerpo, como si se hubiese olvidado algo en el camino, disimulando su locura, y evidenciando un dejo de cordura en su intención. Giraba y volvía a un paso lento pero seguro a caminar hacia el restaurante que estaba ubicado exactamente a mitad de la cuadra. Yo no sabía si ella se detenía allí porque era justo la mitad y era obsesiva compulsiva, o si de verdad tendría razones para esperar fuera de aquel restaurante. Es que ella no entraba, sólo se quedaba mirando desde afuera un buen rato, como esperando que saliera alguien, y cuando se cansaba comenzaba su caminata hacia la otra esquina, y así seguía todo el día. La veía caminar al entrar a mi oficina a eso de las 9 de la mañana, y seguía allí caminando o esperando cuando yo terminaba mi jornada, a eso de las 6 o 7 de la tarde.
Vuelvo a aquella tarde, cuando la vi, con la blusa azul Francia y la minifalda camuflada. Tenía un cigarrillo en la mano, y fumaba sin parar, se había quedado como de costumbre parada fuera del restaurante. Terminó su cigarrillo y ahí fue cuando sucedió.
Saliendo del café una señora rubia, alta, muy elegantemente vestida, con su pollera recta hasta las rodillas haciendo juego con un saco atado a la cintura de color crema y zapatos negros de tacón. Me acuerdo bien de los zapatos porque me parecieron demasiado altos para una mujer común, una mujer como yo que trabajaba todo el día parada atendiendo gente en la oficina. Detrás salió un hombre, parecía mayor, lucía un traje de sastre de lujo, de esos que se hacían en otras épocas, pero que evidentemente conservaba en impecable estado, lo mismo que su figura. En ese momento no supe si ellos estaban juntos, pues cada uno al salir del restaurant tomó dirección opuesta, caminando hacia distinta esquina.
Con su blusa de volados azul y su pollera de guerra, sacó un arma de la cartera, y le apuntó a la mujer de traje crema. Yo estaba parada muy cerca, porque recién salía de mi oficina, y pude ver las manos envolviendo la pistola que temblaban, un temblor de edad quizás, pero a mi más bien me pareció que temblaba de miedo. La gente a mi alrededor comenzó a gritar. Y el hombre que estaba ya casi llegando a la otra esquina, al escuchar el escándalo, se dio vuelta, y desde esa distancia, gritó - ¡Ana María! ¡¿Por Dios, que estás haciendo?!
La señora de traje crema, no dijo palabra, se la veía asustada pero no tanto como Ana María. Ana María guardó el arma en su bolso, giró lentamente como lo había hecho cada tarde en cada esquina, me miró, y me dijo - Lo sabía, yo lo sabía, me llevó 15 años y un arma lograr que confiese – Un llanto seco salió de su alma cansada. La abracé, y trate de consolarla acariciando su cabeza como se le hace a un niño que acaba de lastimarse una rodilla. No me di cuenta que esa mañana me había puesto el anillo de compromiso que me había dado Rodrigo hacia 20 años, y que me negaba a usar por razones de seguridad. Sin embargo ese día cumplíamos 17 años de casados, e iríamos a cenar luego del trabajo. Los pelos quedaron atrapados entre la piedra y el metal, y junto con la caricia se deslizó su peluca negra, dejando ver su cabello blanco atado fuertemente en un pequeño rodete. Traté de desenredar su peluca de mi anillo, intenté varias veces pero no pude. Me miró a los ojos, y me dijo- Ya no importa, gracias – Y se fue, caminando sola, como tantas otras veces, sólo que ahora desentonaba más su vestimenta. Me tomé un taxi y llegué a la oficina de mi marido. Le pedí un par de tijeras para cortar los pelos. –¿Decime que haces vos con una peluca en la mano?- Es una larga historia, ¡Feliz Aniversario!-
Me pasé la noche pensando. Una herida vieja, aunque se haya secado, al abrirla duele demasiado. Le pedí a Rodrigo, que si algún día se encuentra con una mujer de traje crema, que me avise cuanto antes, asi puedo caminar, y seguir caminando, sin detenerme a esperar a nada ni a nadie. Solo caminar hacía adelante. Me dijo que no entendía de que le estaba hablando, me dio un largo beso.
–Gordita vos sabes que yo odio el color crema.-
-Lo sé, por eso te amo.-
Había sido Actriz en una época, eso le contaba a todo el que encontraba. No sé en qué año, porque era muy difícil descifrar su edad. Tenía la piel de una mujer grande, pero sin embargo parecía no tener arrugas, su piel brillaba como brilla la de un adolescente con acné pero hablaba de épocas y compañeros de cartel, que hacía tiempo habían fallecido. Su pelo parecía natural, aunque más de una vez me di cuenta que se movía demasiado, y sospeché para luego comprobar con certitud que se trataba de una muy buena peluca.
Esa tarde la vi caminando por la misma vereda, como hacía diariamente desde que nos mudamos con la empresa a la oficina del centro, ya hacía casi 15 años. Pero esa tarde sin embargo fue distinta. Ella solía caminar por la misma cuadra, llegaba a la esquina de Corrientes y Suipacha y giraba lentamente su cuerpo, como si se hubiese olvidado algo en el camino, disimulando su locura, y evidenciando un dejo de cordura en su intención. Giraba y volvía a un paso lento pero seguro a caminar hacia el restaurante que estaba ubicado exactamente a mitad de la cuadra. Yo no sabía si ella se detenía allí porque era justo la mitad y era obsesiva compulsiva, o si de verdad tendría razones para esperar fuera de aquel restaurante. Es que ella no entraba, sólo se quedaba mirando desde afuera un buen rato, como esperando que saliera alguien, y cuando se cansaba comenzaba su caminata hacia la otra esquina, y así seguía todo el día. La veía caminar al entrar a mi oficina a eso de las 9 de la mañana, y seguía allí caminando o esperando cuando yo terminaba mi jornada, a eso de las 6 o 7 de la tarde.
Vuelvo a aquella tarde, cuando la vi, con la blusa azul Francia y la minifalda camuflada. Tenía un cigarrillo en la mano, y fumaba sin parar, se había quedado como de costumbre parada fuera del restaurante. Terminó su cigarrillo y ahí fue cuando sucedió.
Saliendo del café una señora rubia, alta, muy elegantemente vestida, con su pollera recta hasta las rodillas haciendo juego con un saco atado a la cintura de color crema y zapatos negros de tacón. Me acuerdo bien de los zapatos porque me parecieron demasiado altos para una mujer común, una mujer como yo que trabajaba todo el día parada atendiendo gente en la oficina. Detrás salió un hombre, parecía mayor, lucía un traje de sastre de lujo, de esos que se hacían en otras épocas, pero que evidentemente conservaba en impecable estado, lo mismo que su figura. En ese momento no supe si ellos estaban juntos, pues cada uno al salir del restaurant tomó dirección opuesta, caminando hacia distinta esquina.
Con su blusa de volados azul y su pollera de guerra, sacó un arma de la cartera, y le apuntó a la mujer de traje crema. Yo estaba parada muy cerca, porque recién salía de mi oficina, y pude ver las manos envolviendo la pistola que temblaban, un temblor de edad quizás, pero a mi más bien me pareció que temblaba de miedo. La gente a mi alrededor comenzó a gritar. Y el hombre que estaba ya casi llegando a la otra esquina, al escuchar el escándalo, se dio vuelta, y desde esa distancia, gritó - ¡Ana María! ¡¿Por Dios, que estás haciendo?!
La señora de traje crema, no dijo palabra, se la veía asustada pero no tanto como Ana María. Ana María guardó el arma en su bolso, giró lentamente como lo había hecho cada tarde en cada esquina, me miró, y me dijo - Lo sabía, yo lo sabía, me llevó 15 años y un arma lograr que confiese – Un llanto seco salió de su alma cansada. La abracé, y trate de consolarla acariciando su cabeza como se le hace a un niño que acaba de lastimarse una rodilla. No me di cuenta que esa mañana me había puesto el anillo de compromiso que me había dado Rodrigo hacia 20 años, y que me negaba a usar por razones de seguridad. Sin embargo ese día cumplíamos 17 años de casados, e iríamos a cenar luego del trabajo. Los pelos quedaron atrapados entre la piedra y el metal, y junto con la caricia se deslizó su peluca negra, dejando ver su cabello blanco atado fuertemente en un pequeño rodete. Traté de desenredar su peluca de mi anillo, intenté varias veces pero no pude. Me miró a los ojos, y me dijo- Ya no importa, gracias – Y se fue, caminando sola, como tantas otras veces, sólo que ahora desentonaba más su vestimenta. Me tomé un taxi y llegué a la oficina de mi marido. Le pedí un par de tijeras para cortar los pelos. –¿Decime que haces vos con una peluca en la mano?- Es una larga historia, ¡Feliz Aniversario!-
Me pasé la noche pensando. Una herida vieja, aunque se haya secado, al abrirla duele demasiado. Le pedí a Rodrigo, que si algún día se encuentra con una mujer de traje crema, que me avise cuanto antes, asi puedo caminar, y seguir caminando, sin detenerme a esperar a nada ni a nadie. Solo caminar hacía adelante. Me dijo que no entendía de que le estaba hablando, me dio un largo beso.
–Gordita vos sabes que yo odio el color crema.-
-Lo sé, por eso te amo.-
Sunday, September 27, 2009
Ficción "La monjita"
Se llamaba Elena Vargas, y era la única de su familia que pensaba en ser monja. Tenía cinco hermanas, todas menores que ella. Sus padres, pertenecían al grupo de los comúnmente llamados “ultra católicos”. Algunos pensarían que por esa razón tuvieron tantas hijas, pero los más acertados sabían más bien que a Laura y Augusto les gustaba festejar todos los días. Por toda la casa se escuchaban sus uniones espontaneas. Elena se preguntaba si la pasarían bien, ya que los llantos y sonidos que emitia su madre retumbaban las paredes de la vieja casa y para Elena se asemejaban más al sufrimiento de un perro herido que a la dicha de un festejo. Pero bueno, Elena no sabía mucho de aquello, todavía.
En el colegio era aplicada, aunque en catequesis no entendía nada. La monja la consolaba, explicándole, que la Fe no había que entenderla, que con solo creer bastaba. Tanto tiempo pasaba Elena en el colegio, que fue aumentando su cariño, por las monjas, los pasillos, los olores, y la ausencia. Ausencia de ruidos, pues en su casa la invadía una charla continua, de tonos altos, casi sopranos, que diariamente oía. Ni en las noches descansaban los pobres oídos de Elena.
Le atrajo desde chica, el silencio de las tardes en la escuela, cuando todas las alumnas se retiraban y ella se quedaba ayudando con la limpieza. Al lado estaba la casa de las monjas, y en la esquina, una pequeña capilla. Elena comenzó limpiando los pasillos, ayudando a la hermana Pobreza de Dios, pues así se llamaba, su maestra de catequesis. A medida que limpiaban, Pobreza de Dios, la iba convirtiendo, y las dudas que tenía sobre su fe, poco a poco se le iban aclarando. Elena no estaba convencida al principio, y había muchas cosas que le daban risa, y otras tantas que le daban tanta pena que pasaba noches de insomnio tratando de entenderlas.
Una vez la hermana Pobreza de Dios, le contó la historia de una muchacha de su pueblo, que casualmente tenía la misma edad que ella. Vivía con su familia, y todas las tardes trabajaba en una gasolinera en el centro del pueblo, para poder ayudar a sus padres con los gastos de la casa. La hermana Pobreza de Dios, la conocía, pues solía ir con la camioneta del convento a cargar gasolina una vez a la semana. La muchacha estaba siempre detrás del mostrador, donde cobraba los dulces, y bebidas, y a los clientes que pagaban con tarjeta de crédito.
Pobreza de Dios, había cargado el tanque de combustible y entrado como hacia semanalmente a pagar con la tarjeta de crédito corporativa del convento. La empleada, que se llamaba María, había pasado la tarjeta pero la maquina le daba constantemente un aviso de error. Pobreza de Dios no tenía dinero en efectivo, y se lo dijo. María intentó unas cuantas veces más pasar la tarjeta por la maquinita pero no tuvo éxito. Finalmente, María miró a la hermana con una mezcla de cansancio y ternura, dos cualidades que parecían estar permanentemente marcadas en el rostro de la muchacha, y que en el transcurso de esos minutos se habían acentuado. Le dijo, que se vaya, que no le cobraría nada, pero que se acordara de ella, y rezara por su familia. Pobreza de Dios se fue muy contenta de la gasolinería, no tanto por el dinero, aunque pensó podrían usarlo con provecho en el convento, sino por la muestra fiel de generosidad de aquella muchacha.
Caminando hacía la camioneta, escuchó un ruido muy fuerte que la hizo dar vuelta. El gerente de la gasolinera había escuchado la decisión de María y estaba furioso con ella. Fue una estantería de alfajores, que tiró al piso, y desparramó por todos lados. Pobreza de Dios, salió corriendo hacia la estación. Quería explicarle que vendría más tarde con el dinero, que por favor no castigue a María, que era una buena empleada, piadosa, y generosa. Pero al gerente no le interesaba nada de eso, y menos que menos escuchar a una monja. Tomó un pedazo de estantería del piso, y como si hubiese sido poco el anterior despliegue de violencia, tiró la madera astillada a la cabeza de la muchacha . María ni siquiera defendió su cuerpo con sus manos, ni hizo ningún movimiento para evadir lo que se le venía encima, la muchacha parecía no tener ningún instinto vivo de autoprotección . Se quedó parada con la madera astillada clavada. Pobreza de Dios salió corriendo con ella de la estación, la sentó en la camioneta, y manejo hasta el hospital del pueblo. La gente que estaba dentro también salió corriendo, todos subieron a sus autos manejando aunque casi ninguno había pagado.
En el hospital trataron a María con la mayor delicadeza, le sacaron la madera, y le vendaron toda la cabeza. Veinte días estuvo en su casa, sin poder verse. Pobreza de Dios, pasó todas las tardes a visitarla, le llevó a ella y sus hermanos, pasteles y galletitas horneadas por las monjitas del convento. Había pasado también por la estación de servicio, a saldar su cuenta. Y se alegró al ver que el gerente violento ya no trabajaba más allí.
Cuando María fue por última vez al hospital, le sacaron la venda, y aún viendo las caras de consternación de las enfermeras, pidió que le trajeran un espejo. Llamaron al médico de urgencia, porque María se desmayó. Su rostro había quedado desfigurado, le faltaba parte de la nariz, tenía el labio superior cortado en dos, y solo le quedaba una ceja. El médico estaba preocupado, porque nunca habían tratado un caso semejante en el pueblo, y no disponían de los equipos ni de la experiencia, para resolver esa dolencia. Él mismo se encargó de contactar al hospital de la ciudad, y allí derivó a María, que se fue esa misma tarde junto con su mamá.
Pobreza de Dios se enteró de todo esto, gracias a una de las enfermeras, hermana de una monja del convento. Quiso ir a ver a María a la ciudad pero no le dieron permiso para ir tan lejos. Pobreza de Dios rezó por ella, por su familia, por su belleza. Rezó todos los días, lo más que pudo, hasta pasó muchas noches sin dormir, pues se despertaba espantada con la imagen del rostro arruinado de María.
Pasaron meses y Pobreza de Dios no supo mas nada de la muchacha, hasta que yendo una tarde a la gasolinera la vio parada en el medio de los tanques con un encendedor en la mano, y en la otra mecha de algodón muy grande. Pobreza de Dios bajó muy rápido de la camioneta, se acercó a ella, y tomándole la mano, le dijo
–María no lo hagas por favor-
- Pero madre soy un monstruo, míreme la cara, soy un monstruo- y se largó a llorar con un llanto desconsolado, un llanto como de animal desgarrado. Pobreza de Dios sintió su dolor, y escuchó su llanto un buen rato, ese llanto que era la evidencia perfecta de la imagen deshumanizada que María veía en el espejo desde aquel trágico día. Pobreza de Dios la abrazó, y María lloró y lloró, hasta que se le secaron las lágrimas, no por falta de dolor, sino porque una astilla le había destruido el lagrimal izquierdo. María le preguntó porque Dios la había castigado con semejante cosa, cuando ella solo había querido hacer algo bueno. Pobreza de Dios, pensó un largo rato, mientras seguía abrazándola con toda la fuerza y la compasión de la que era capaz, y finalmente dejó de pensar. No había razones lógicas, o explicaciones a lo que había pasado, solo se le ocurrió decirle a María que Dios la estaba llamando. Sí, Dios quería que le diera su vida. Su belleza era demasiada para este mundo, y ahora con su belleza interior intacta le pedía que se dedique a servir a los demás.
María comenzó a visitar la capilla del convento todas las tardes. El Padre que estaba en esa época en el convento la confesaba todos los días, y María comulgaba. Pobreza de Dios se convirtió en su consejera, y de a poquito la fue llevando a comprender el mensaje de Dios para su vida. María dejo de mirarse en los reflejos de los vidrios, pues hacia ya un tiempo que no se miraba en ningún espejo. Comenzó a trabajar en la huerta, a hornear en la gran cocina, a rezar el rosario, y a contemplar las estrellas. María decidió consagrarse y eligió llamarse María Corazón de Jesús.
Elena escuchaba esta historia con muchísima atención, estaba parada contra el portón del patio y había dejado la escoba en la misma posición desde hacía largo rato. –¿Qué pasó con María Corazón de Jesús?
--Bueno Elena, la historia es más larga, pero ahora ya es tarde y debes ir para tu casa, mañana seguimos-
-! Ay! No, pero ahora me quedo con la intriga! Hermana cuénteme por favor!-
Y Pobreza de Dios, que tenía una debilidad especial por Elena, le contó lo que faltaba de la historia de la muchacha desfigurada.
Elena volvió a su casa y como siempre, escuchó desde antes de entrar, ruidos, gritos, y conversaciones variadas. Su papá estaba en el living sentado como siempre con su pipa, su mamá en la cocina con sus dos hermanas más chiquitas. Elena fue directo a su habitación, cerró la puerta, bajó la persiana, y rezó. Rezó por María Corazón de Jesús, rezó por la hermana Pobreza de Dios, y rezó por ella. Le pidió a Dios que le instruya en el camino que debía seguir, pues ya en su corazón empezaba a escuchar una llamada.
María Corazón de Jesús, había muerto esa mañana, luego de consagrarse monjita, se desplomó en la iglesia. Su corazón había parado, así de golpe, y sin aviso. La enterraron en la capilla, y le hicieron una larga misa. Pobreza de Dios, hablo de su hermosura, de su generosidad, y su entrega. Aún en los momentos de duda, María había estado protegida. Dios la llamaba, pues era demasiado para esta familia humana.
Elena quería ser igual a ella, quería poder ir con Dios aún cuando no estuviese desfigurada. L a mañana siguiente en la escuela, Elena habló con Pobreza de Dios, y le dijo que sentía que su camino estaba allí, con ella. Pobreza de Dios la escuchó, y le recomendó que todos los días leyera un pedacito de la Biblia, y luego le comentara que sentía. Así hizo Elena, durante un año entero, día por día, llegaba a su casa, y leía.
Al cabo de un año y habiendo cumplido los diecisiete años. Pobreza de Dios, llamó a Elena a su celda, le dijo que pronto terminaría la escuela, y que el momento se estaba acercando. Su deseo de consagrarse estaba cada vez más cerca, vendría el Obispo a conocerla y hablar con ella. Elena no supo que contestarle a la Hermana, pues hacia dos semanas, se había enterado que estaba embarazada.
En el colegio era aplicada, aunque en catequesis no entendía nada. La monja la consolaba, explicándole, que la Fe no había que entenderla, que con solo creer bastaba. Tanto tiempo pasaba Elena en el colegio, que fue aumentando su cariño, por las monjas, los pasillos, los olores, y la ausencia. Ausencia de ruidos, pues en su casa la invadía una charla continua, de tonos altos, casi sopranos, que diariamente oía. Ni en las noches descansaban los pobres oídos de Elena.
Le atrajo desde chica, el silencio de las tardes en la escuela, cuando todas las alumnas se retiraban y ella se quedaba ayudando con la limpieza. Al lado estaba la casa de las monjas, y en la esquina, una pequeña capilla. Elena comenzó limpiando los pasillos, ayudando a la hermana Pobreza de Dios, pues así se llamaba, su maestra de catequesis. A medida que limpiaban, Pobreza de Dios, la iba convirtiendo, y las dudas que tenía sobre su fe, poco a poco se le iban aclarando. Elena no estaba convencida al principio, y había muchas cosas que le daban risa, y otras tantas que le daban tanta pena que pasaba noches de insomnio tratando de entenderlas.
Una vez la hermana Pobreza de Dios, le contó la historia de una muchacha de su pueblo, que casualmente tenía la misma edad que ella. Vivía con su familia, y todas las tardes trabajaba en una gasolinera en el centro del pueblo, para poder ayudar a sus padres con los gastos de la casa. La hermana Pobreza de Dios, la conocía, pues solía ir con la camioneta del convento a cargar gasolina una vez a la semana. La muchacha estaba siempre detrás del mostrador, donde cobraba los dulces, y bebidas, y a los clientes que pagaban con tarjeta de crédito.
Pobreza de Dios, había cargado el tanque de combustible y entrado como hacia semanalmente a pagar con la tarjeta de crédito corporativa del convento. La empleada, que se llamaba María, había pasado la tarjeta pero la maquina le daba constantemente un aviso de error. Pobreza de Dios no tenía dinero en efectivo, y se lo dijo. María intentó unas cuantas veces más pasar la tarjeta por la maquinita pero no tuvo éxito. Finalmente, María miró a la hermana con una mezcla de cansancio y ternura, dos cualidades que parecían estar permanentemente marcadas en el rostro de la muchacha, y que en el transcurso de esos minutos se habían acentuado. Le dijo, que se vaya, que no le cobraría nada, pero que se acordara de ella, y rezara por su familia. Pobreza de Dios se fue muy contenta de la gasolinería, no tanto por el dinero, aunque pensó podrían usarlo con provecho en el convento, sino por la muestra fiel de generosidad de aquella muchacha.
Caminando hacía la camioneta, escuchó un ruido muy fuerte que la hizo dar vuelta. El gerente de la gasolinera había escuchado la decisión de María y estaba furioso con ella. Fue una estantería de alfajores, que tiró al piso, y desparramó por todos lados. Pobreza de Dios, salió corriendo hacia la estación. Quería explicarle que vendría más tarde con el dinero, que por favor no castigue a María, que era una buena empleada, piadosa, y generosa. Pero al gerente no le interesaba nada de eso, y menos que menos escuchar a una monja. Tomó un pedazo de estantería del piso, y como si hubiese sido poco el anterior despliegue de violencia, tiró la madera astillada a la cabeza de la muchacha . María ni siquiera defendió su cuerpo con sus manos, ni hizo ningún movimiento para evadir lo que se le venía encima, la muchacha parecía no tener ningún instinto vivo de autoprotección . Se quedó parada con la madera astillada clavada. Pobreza de Dios salió corriendo con ella de la estación, la sentó en la camioneta, y manejo hasta el hospital del pueblo. La gente que estaba dentro también salió corriendo, todos subieron a sus autos manejando aunque casi ninguno había pagado.
En el hospital trataron a María con la mayor delicadeza, le sacaron la madera, y le vendaron toda la cabeza. Veinte días estuvo en su casa, sin poder verse. Pobreza de Dios, pasó todas las tardes a visitarla, le llevó a ella y sus hermanos, pasteles y galletitas horneadas por las monjitas del convento. Había pasado también por la estación de servicio, a saldar su cuenta. Y se alegró al ver que el gerente violento ya no trabajaba más allí.
Cuando María fue por última vez al hospital, le sacaron la venda, y aún viendo las caras de consternación de las enfermeras, pidió que le trajeran un espejo. Llamaron al médico de urgencia, porque María se desmayó. Su rostro había quedado desfigurado, le faltaba parte de la nariz, tenía el labio superior cortado en dos, y solo le quedaba una ceja. El médico estaba preocupado, porque nunca habían tratado un caso semejante en el pueblo, y no disponían de los equipos ni de la experiencia, para resolver esa dolencia. Él mismo se encargó de contactar al hospital de la ciudad, y allí derivó a María, que se fue esa misma tarde junto con su mamá.
Pobreza de Dios se enteró de todo esto, gracias a una de las enfermeras, hermana de una monja del convento. Quiso ir a ver a María a la ciudad pero no le dieron permiso para ir tan lejos. Pobreza de Dios rezó por ella, por su familia, por su belleza. Rezó todos los días, lo más que pudo, hasta pasó muchas noches sin dormir, pues se despertaba espantada con la imagen del rostro arruinado de María.
Pasaron meses y Pobreza de Dios no supo mas nada de la muchacha, hasta que yendo una tarde a la gasolinera la vio parada en el medio de los tanques con un encendedor en la mano, y en la otra mecha de algodón muy grande. Pobreza de Dios bajó muy rápido de la camioneta, se acercó a ella, y tomándole la mano, le dijo
–María no lo hagas por favor-
- Pero madre soy un monstruo, míreme la cara, soy un monstruo- y se largó a llorar con un llanto desconsolado, un llanto como de animal desgarrado. Pobreza de Dios sintió su dolor, y escuchó su llanto un buen rato, ese llanto que era la evidencia perfecta de la imagen deshumanizada que María veía en el espejo desde aquel trágico día. Pobreza de Dios la abrazó, y María lloró y lloró, hasta que se le secaron las lágrimas, no por falta de dolor, sino porque una astilla le había destruido el lagrimal izquierdo. María le preguntó porque Dios la había castigado con semejante cosa, cuando ella solo había querido hacer algo bueno. Pobreza de Dios, pensó un largo rato, mientras seguía abrazándola con toda la fuerza y la compasión de la que era capaz, y finalmente dejó de pensar. No había razones lógicas, o explicaciones a lo que había pasado, solo se le ocurrió decirle a María que Dios la estaba llamando. Sí, Dios quería que le diera su vida. Su belleza era demasiada para este mundo, y ahora con su belleza interior intacta le pedía que se dedique a servir a los demás.
María comenzó a visitar la capilla del convento todas las tardes. El Padre que estaba en esa época en el convento la confesaba todos los días, y María comulgaba. Pobreza de Dios se convirtió en su consejera, y de a poquito la fue llevando a comprender el mensaje de Dios para su vida. María dejo de mirarse en los reflejos de los vidrios, pues hacia ya un tiempo que no se miraba en ningún espejo. Comenzó a trabajar en la huerta, a hornear en la gran cocina, a rezar el rosario, y a contemplar las estrellas. María decidió consagrarse y eligió llamarse María Corazón de Jesús.
Elena escuchaba esta historia con muchísima atención, estaba parada contra el portón del patio y había dejado la escoba en la misma posición desde hacía largo rato. –¿Qué pasó con María Corazón de Jesús?
--Bueno Elena, la historia es más larga, pero ahora ya es tarde y debes ir para tu casa, mañana seguimos-
-! Ay! No, pero ahora me quedo con la intriga! Hermana cuénteme por favor!-
Y Pobreza de Dios, que tenía una debilidad especial por Elena, le contó lo que faltaba de la historia de la muchacha desfigurada.
Elena volvió a su casa y como siempre, escuchó desde antes de entrar, ruidos, gritos, y conversaciones variadas. Su papá estaba en el living sentado como siempre con su pipa, su mamá en la cocina con sus dos hermanas más chiquitas. Elena fue directo a su habitación, cerró la puerta, bajó la persiana, y rezó. Rezó por María Corazón de Jesús, rezó por la hermana Pobreza de Dios, y rezó por ella. Le pidió a Dios que le instruya en el camino que debía seguir, pues ya en su corazón empezaba a escuchar una llamada.
María Corazón de Jesús, había muerto esa mañana, luego de consagrarse monjita, se desplomó en la iglesia. Su corazón había parado, así de golpe, y sin aviso. La enterraron en la capilla, y le hicieron una larga misa. Pobreza de Dios, hablo de su hermosura, de su generosidad, y su entrega. Aún en los momentos de duda, María había estado protegida. Dios la llamaba, pues era demasiado para esta familia humana.
Elena quería ser igual a ella, quería poder ir con Dios aún cuando no estuviese desfigurada. L a mañana siguiente en la escuela, Elena habló con Pobreza de Dios, y le dijo que sentía que su camino estaba allí, con ella. Pobreza de Dios la escuchó, y le recomendó que todos los días leyera un pedacito de la Biblia, y luego le comentara que sentía. Así hizo Elena, durante un año entero, día por día, llegaba a su casa, y leía.
Al cabo de un año y habiendo cumplido los diecisiete años. Pobreza de Dios, llamó a Elena a su celda, le dijo que pronto terminaría la escuela, y que el momento se estaba acercando. Su deseo de consagrarse estaba cada vez más cerca, vendría el Obispo a conocerla y hablar con ella. Elena no supo que contestarle a la Hermana, pues hacia dos semanas, se había enterado que estaba embarazada.
Saturday, September 26, 2009
Ficción "La libretita"
Mucho dolor...eso es lo que sentía Clarita. Pasaba horas en su cuarto, contando monedas, y billetes gastados. Tenía una libreta donde anotaba sus gastos, y uno por uno iba calculando. Había días en los que no salía, pues prefería comer parada en la cocina. Estaba ahorrando, y todas las tardes sumaba y restaba minucias, y centavos.
Un día pasó algo inesperado, pues perdió en algún lado, su libretita contable. Era chiquita, espiralada, de hojas amarillas, un poco gastadas. La había conservado todos esos años, hilera por hilera la había ido prolijamente llenando. Una perdida inesperada, pero Clarita precavida tenía guardada una de repuesto, en una caja debajo de la cama. Estaba nuevita, con hojas blanquitas, y el espiral intacto. Sintió algo de alegría, al pensar que comenzaría la nueva libretita de gastos.
Salió esa noche con amigos a cenar, y luego a bailar a un lugar muy elegante. Pagaron todos la entrada, porque ninguno era muy popular. Cincuenta pesos, les pidieron, y Clarita pagó con tres billetes de diez y cuatro de cinco. Le pareció demasiado dinero, pero no quería quedarse fuera de semejante fiesta. Es que había uno que le interesaba entre todos los amigos que la acompañaban. Juan era su nombre, y había pagado con un sólo billete de cincuenta, pues el no llevaba libreta. A Clarita le gustaba saber que él era así, porque los opuestos se atraen ó ¿No era así? Le preguntaba a sus amigas, si pensaban que a Juan le gustaba. Las amigas opinaban que seguramente él le daría una oportunidad, si ella se abría y lo conocía más.
A la hora de pagar la cena Clarita estaba indispuesta en el toilet del restaurante pero no evadió los cincuenta pesos del baile, que fue el primer monto que anotó en su nueva libretita. Juan la vio en el auto por el espejo retrovisor cuando estaba escribiendo y le pregunto qué estaba haciendo. Clarita le contó que anotaba los gastos. Juan la miró otra vez por el espejo, y le dijo que curiosamente, lo mismo hacía su mamá. La dejaron primero a Clarita en su casa, y Juan se fue junto con Lidia en el auto.
Al día siguiente todos se encontraron, y Juan y Lidia anunciaron que estaban enamorados.
Clarita, siguió anotando, más que nunca, centavo por centavo, todo lo que gastaba, lo que ahorraba, hasta lo que regalaba. Aunque esta última columna no llegaba a completar ni las dos primeras hileras de su ya gastada, y muy usada libretita.
Un día pasó algo inesperado, pues perdió en algún lado, su libretita contable. Era chiquita, espiralada, de hojas amarillas, un poco gastadas. La había conservado todos esos años, hilera por hilera la había ido prolijamente llenando. Una perdida inesperada, pero Clarita precavida tenía guardada una de repuesto, en una caja debajo de la cama. Estaba nuevita, con hojas blanquitas, y el espiral intacto. Sintió algo de alegría, al pensar que comenzaría la nueva libretita de gastos.
Salió esa noche con amigos a cenar, y luego a bailar a un lugar muy elegante. Pagaron todos la entrada, porque ninguno era muy popular. Cincuenta pesos, les pidieron, y Clarita pagó con tres billetes de diez y cuatro de cinco. Le pareció demasiado dinero, pero no quería quedarse fuera de semejante fiesta. Es que había uno que le interesaba entre todos los amigos que la acompañaban. Juan era su nombre, y había pagado con un sólo billete de cincuenta, pues el no llevaba libreta. A Clarita le gustaba saber que él era así, porque los opuestos se atraen ó ¿No era así? Le preguntaba a sus amigas, si pensaban que a Juan le gustaba. Las amigas opinaban que seguramente él le daría una oportunidad, si ella se abría y lo conocía más.
A la hora de pagar la cena Clarita estaba indispuesta en el toilet del restaurante pero no evadió los cincuenta pesos del baile, que fue el primer monto que anotó en su nueva libretita. Juan la vio en el auto por el espejo retrovisor cuando estaba escribiendo y le pregunto qué estaba haciendo. Clarita le contó que anotaba los gastos. Juan la miró otra vez por el espejo, y le dijo que curiosamente, lo mismo hacía su mamá. La dejaron primero a Clarita en su casa, y Juan se fue junto con Lidia en el auto.
Al día siguiente todos se encontraron, y Juan y Lidia anunciaron que estaban enamorados.
Clarita, siguió anotando, más que nunca, centavo por centavo, todo lo que gastaba, lo que ahorraba, hasta lo que regalaba. Aunque esta última columna no llegaba a completar ni las dos primeras hileras de su ya gastada, y muy usada libretita.
Friday, September 25, 2009
Ficción "Cadencia"
Había estado mirando revistas, y luego de la entrevista no había podido dejar de pensar en la palabra cadencia. La cadencia de sus caderas, le parecía a veces demasiado poca, y a veces más que suficiente. Todo dependía de cuanta mirada masculina percibía a su alrededor. Había días de mucha comida, y mucha cadencia involuntaria, y días de poca comida y mucha cadencia ensayada. De noche o de día, practicaba frente a dos espejos enfrentados, caminaba por el largo de su habitación, con los anteojos puestos para poder contemplar su reflejo.
Uno de esos días con la puerta entreabierta, la vio Clemencia, que era su madre. Los primeros segundos de contemplarla le pareció inocente la actividad clandestina de su hija, aunque luego fue testigo por el espejo, del ardiente meneo de sus caderas. Ese día Soledad, no pudo evitar escuchar el sermón de Clemencia. Media hora duró la charla, sobre las niñas y el comportamiento debido, y no faltaron las preguntas sobre que quería lograr con sus danzantes caderas. Soledad escuchó a su madre, como niña buena, que sí lo era. Escuchó con atención sin decir palabra, y una vez que hubo terminado el discurso, Soledad contestó todas las preguntas de Clemencia, con una sola respuesta
-El espejo es el culpable mamá, yo solo practico caminar con elegancia, no soy capaz de ver mi cadencia, solo quiero poder ver lo que ven los demás cuando me miran de atrás- Clemencia no supo que decirle a su hija, pues ya le había dicho todo lo que sabía, aquello que le había dicho su madre, que probablemente lo había aprendido de su abuela.
Soledad siguió con su práctica clandestina, y ya empezó a notarse en la escuela. La monja profesora de educación física, fue la primera, le exigió que caminase derecha como el resto de sus compañeras. Soledad jugaba muy bien al voleibol, era una de las mejores de su clase, aunque a veces cuando corría para atajar la bola, se iba muy para el costado, y terminaba pegándole con cualquier cosa menos el brazo.
La profesora de matemática también le hizo un comentario, una tarde cuando la llamó a pasar al frente a resolver una ecuación, y Soledad distraída, fue desde el fondo de la clase donde estaba su banco hasta el pizarrón, meneando su cintura, como si estuviese en su habitación. Lo que hizo más bien enfurecer a su profesora no fue su meneo evidente, sino que cuando pasó al frente, no hubo manera de que resuelva el problema.
Fueron así despertando el resto de sus profesoras, muchísimo más tarde que sus compañeras, que ya la habían apodado ¨Soledad la gata de la escuela¨.
Cuando todas las profesoras se comentaron la situación, decidieron llamarla a Clemencia. Así fue que terminaron en la oficina de la directora, Clemencia, Soledad, y tres profesoras, entre ellas la monja de deportes. Habló primero la madre superiora, y les dijo que estaba preocupada por las notas de Soledad, y porque había rumores de que estaba teniendo amores con hombres mayores. Clemencia casi se infarta, cuando escuchó esta novedad. Soledad no dijo nada, y dejó que el resto hablara. Las profesoras se quejaron de las notas, de la falta de atención, y de la poca comunicación en clase. La de voleibol, se quejó de la perdida de precisión en el deporte, pero nadie habló de la cadencia. Cuando terminaron todas de exponer sus quejas. Soledad habló con calma, parada en el medio de la sala, con una mano en la cintura, y la otra en la cabeza. Si le iba mal en las clases, es porque quería dejar la escuela, ya que a su criterio no servía para nada, porque desde hacía ya un tiempo sabía, quería ser modelo.
Clemencia, se horrorizó al escuchar a su hija, aunque finalmente una vez que llegaron a su casa, y luego de largo rato de gritos y discusión tuvo que reconocerle, que por lo menos, la había tranquilizado saber que no era verdad que estuviese saliendo con un hombre mayor. Soledad como siempre, no contestó, se guardó para sí el nombre del Señor de la agencia, el que le había dicho que era perfecta y que sólo debía practicar un poco más la cadencia de sus caderas.
Uno de esos días con la puerta entreabierta, la vio Clemencia, que era su madre. Los primeros segundos de contemplarla le pareció inocente la actividad clandestina de su hija, aunque luego fue testigo por el espejo, del ardiente meneo de sus caderas. Ese día Soledad, no pudo evitar escuchar el sermón de Clemencia. Media hora duró la charla, sobre las niñas y el comportamiento debido, y no faltaron las preguntas sobre que quería lograr con sus danzantes caderas. Soledad escuchó a su madre, como niña buena, que sí lo era. Escuchó con atención sin decir palabra, y una vez que hubo terminado el discurso, Soledad contestó todas las preguntas de Clemencia, con una sola respuesta
-El espejo es el culpable mamá, yo solo practico caminar con elegancia, no soy capaz de ver mi cadencia, solo quiero poder ver lo que ven los demás cuando me miran de atrás- Clemencia no supo que decirle a su hija, pues ya le había dicho todo lo que sabía, aquello que le había dicho su madre, que probablemente lo había aprendido de su abuela.
Soledad siguió con su práctica clandestina, y ya empezó a notarse en la escuela. La monja profesora de educación física, fue la primera, le exigió que caminase derecha como el resto de sus compañeras. Soledad jugaba muy bien al voleibol, era una de las mejores de su clase, aunque a veces cuando corría para atajar la bola, se iba muy para el costado, y terminaba pegándole con cualquier cosa menos el brazo.
La profesora de matemática también le hizo un comentario, una tarde cuando la llamó a pasar al frente a resolver una ecuación, y Soledad distraída, fue desde el fondo de la clase donde estaba su banco hasta el pizarrón, meneando su cintura, como si estuviese en su habitación. Lo que hizo más bien enfurecer a su profesora no fue su meneo evidente, sino que cuando pasó al frente, no hubo manera de que resuelva el problema.
Fueron así despertando el resto de sus profesoras, muchísimo más tarde que sus compañeras, que ya la habían apodado ¨Soledad la gata de la escuela¨.
Cuando todas las profesoras se comentaron la situación, decidieron llamarla a Clemencia. Así fue que terminaron en la oficina de la directora, Clemencia, Soledad, y tres profesoras, entre ellas la monja de deportes. Habló primero la madre superiora, y les dijo que estaba preocupada por las notas de Soledad, y porque había rumores de que estaba teniendo amores con hombres mayores. Clemencia casi se infarta, cuando escuchó esta novedad. Soledad no dijo nada, y dejó que el resto hablara. Las profesoras se quejaron de las notas, de la falta de atención, y de la poca comunicación en clase. La de voleibol, se quejó de la perdida de precisión en el deporte, pero nadie habló de la cadencia. Cuando terminaron todas de exponer sus quejas. Soledad habló con calma, parada en el medio de la sala, con una mano en la cintura, y la otra en la cabeza. Si le iba mal en las clases, es porque quería dejar la escuela, ya que a su criterio no servía para nada, porque desde hacía ya un tiempo sabía, quería ser modelo.
Clemencia, se horrorizó al escuchar a su hija, aunque finalmente una vez que llegaron a su casa, y luego de largo rato de gritos y discusión tuvo que reconocerle, que por lo menos, la había tranquilizado saber que no era verdad que estuviese saliendo con un hombre mayor. Soledad como siempre, no contestó, se guardó para sí el nombre del Señor de la agencia, el que le había dicho que era perfecta y que sólo debía practicar un poco más la cadencia de sus caderas.
Friday, September 11, 2009
Ficción "Ex jefe"
Salió corriendo de la oficina. Había renunciado. No podía estar más en ese lugar. Sin ventanas, lleno de plantas artificiales, con el aire acondicionado siempre al máximo, e imposible de controlar, porque era centralizado. Hacía 2 años que estaba ahí, y todo lo que pensaba que mejoraría, había empeorado. O por lo menos eso pensaba ella. Quería hacer algo significativo, quería sentir que su trabajo aportaba algo al bien común, y no sólo al bolsillo de su jefe.
Su jefe era un hombre joven, casado, con dos hijas, y una insipiente pelada. Entre las tareas que le asignaba a diario estaba la de ir una vez a la semana a hacer fila en la farmacia de la esquina para comprar la loción para la caída del cabello que él usaba.
Detestaba tener que hacer eso, era lo que más le molestaba de su trabajo. Otras secretarias podrían pensar que era una buena oportunidad para salir de su pequeño escritorio y respirar un poco de aire puro. Pero ella resentía tener que usar su tiempo para satisfacer la vanidad de un hombre que, pensaba, aún con pelo nunca iba a ser atractivo.
Su mujer venia seguido a verlo. Era alta, con buen físico, y se vestía elegante, no era linda opinaba Gabriela, pero reconocía que muchos en la empresa la definían como una mujer interesante. Entraba a la oficina de su marido sin golpear la puerta, y Gabriela había dejado de intentar anunciarla desde hacía mucho tiempo.
Se dedicaba a atender llamados, hacer citas, abrir y enviar sobres. No había mucha diversión ni novedad en su trabajo, sin embargo una de las cosas que más le divertían era imaginar que harían su jefe y la esposa en esos veinte o treinta minutos que pasaban juntos detrás de la puerta.
Sus días eran todos iguales. Llegaba temprano luego de un largo viaje en tren, y colectivo. Se ponía el sueter, preparaba un café, abría la correspondencia del día, y esperaba que él llegara con las novedades o tareas que le asignaría.
Gabriela no se caracterizaba por su gran productividad. Pensaba que quizás la naturaleza de su trabajo impedía que pudiese innovar o asumir más tareas, o desafíos.
Ese día sin embargo fue distinto. Su jefe llegó como todas las mañanas, dos horas después que el resto de los empleados.
Ella lo saludó, le ofreció un café, y le llevó la correspondencia a su escritorio. Atendió un par de llamados del exterior, y luego salió a almorzar.
A eso de las tres de la tarde, el la llamó a su oficina. Le dijo que no la necesitaban más en la empresa, no había hecho nada malo, sólo que la empresa estaba pasando por un momento de crisis y comenzaban a despedir los últimos empleados contratados.
Nunca había hecho nada que no le hubiesen ordenado, quizás ese había sido el error, pensó ella. ¿Ó era una suerte? Gabriela le dijo que ella renunciaba, que no quería que la despidan.
Tomó lo que pudo de sus cosas, pues hacia dos años que acumulaba muñequitos, libros, lápices, y demás chucherías en los cajones de su escritorio. Pero antes, entró a la oficina de su jefe, sin anunciarse, como tantas veces había hecho su mujer. Lo vió ahí sentado, atónito por su audacia. Sin decir una palabra Gabriela le dejó un papel arriba del escritorio.
Corriendo por los pasillos, cargada de cosas, con una sonrisa de oreja a oreja, Gabriela salió del encierro, y respiró el aire de la tarde de Buenos Aires.
En la oficina, su jefe abría la nota…
Peluquines Balá
Paso 586
Once
Su jefe era un hombre joven, casado, con dos hijas, y una insipiente pelada. Entre las tareas que le asignaba a diario estaba la de ir una vez a la semana a hacer fila en la farmacia de la esquina para comprar la loción para la caída del cabello que él usaba.
Detestaba tener que hacer eso, era lo que más le molestaba de su trabajo. Otras secretarias podrían pensar que era una buena oportunidad para salir de su pequeño escritorio y respirar un poco de aire puro. Pero ella resentía tener que usar su tiempo para satisfacer la vanidad de un hombre que, pensaba, aún con pelo nunca iba a ser atractivo.
Su mujer venia seguido a verlo. Era alta, con buen físico, y se vestía elegante, no era linda opinaba Gabriela, pero reconocía que muchos en la empresa la definían como una mujer interesante. Entraba a la oficina de su marido sin golpear la puerta, y Gabriela había dejado de intentar anunciarla desde hacía mucho tiempo.
Se dedicaba a atender llamados, hacer citas, abrir y enviar sobres. No había mucha diversión ni novedad en su trabajo, sin embargo una de las cosas que más le divertían era imaginar que harían su jefe y la esposa en esos veinte o treinta minutos que pasaban juntos detrás de la puerta.
Sus días eran todos iguales. Llegaba temprano luego de un largo viaje en tren, y colectivo. Se ponía el sueter, preparaba un café, abría la correspondencia del día, y esperaba que él llegara con las novedades o tareas que le asignaría.
Gabriela no se caracterizaba por su gran productividad. Pensaba que quizás la naturaleza de su trabajo impedía que pudiese innovar o asumir más tareas, o desafíos.
Ese día sin embargo fue distinto. Su jefe llegó como todas las mañanas, dos horas después que el resto de los empleados.
Ella lo saludó, le ofreció un café, y le llevó la correspondencia a su escritorio. Atendió un par de llamados del exterior, y luego salió a almorzar.
A eso de las tres de la tarde, el la llamó a su oficina. Le dijo que no la necesitaban más en la empresa, no había hecho nada malo, sólo que la empresa estaba pasando por un momento de crisis y comenzaban a despedir los últimos empleados contratados.
Nunca había hecho nada que no le hubiesen ordenado, quizás ese había sido el error, pensó ella. ¿Ó era una suerte? Gabriela le dijo que ella renunciaba, que no quería que la despidan.
Tomó lo que pudo de sus cosas, pues hacia dos años que acumulaba muñequitos, libros, lápices, y demás chucherías en los cajones de su escritorio. Pero antes, entró a la oficina de su jefe, sin anunciarse, como tantas veces había hecho su mujer. Lo vió ahí sentado, atónito por su audacia. Sin decir una palabra Gabriela le dejó un papel arriba del escritorio.
Corriendo por los pasillos, cargada de cosas, con una sonrisa de oreja a oreja, Gabriela salió del encierro, y respiró el aire de la tarde de Buenos Aires.
En la oficina, su jefe abría la nota…
Peluquines Balá
Paso 586
Once
Ficción "Mugre"
El auto estaba sucio, lleno de viejos recibos, envolturas de hamburguesas, de helados, y caramelos. El asiento trasero parecía un basurero, pero a él no le molestaba. Estacionó en el primer espacio que encontró en el shopping. Era el cumpleaños de su hermana, y necesitaba comprarle un regalo.
Entró a una lencería, es que la vidriera se veía atractiva, y salió del local con una bolsa con moño gigante llena de bombachas. Empezó a caminar hacia el estacionamiento y se le ocurrió que quizás ese no era un regalo apropiado para una hermana, pero ya lo había pagado y además estaba casi llegando al auto. Decidió dejar la bolsa de bombachas en el baúl y volver al shopping para ver si encontraba otro regalo.
Primero pasó por la sección de librerías, y decidió seguir de largo porque había demasiados libros y solo disponía de 30 minutos más. Pasó después por el sector de los zapatos, vio unos que le parecieron muy originales, pero como no se acordaba el talle de su hermana, decidió no arriesgarse. Luego llegó hasta la sección de la ropa femenina de una gran tienda, y compró una camisa blanca con pintitas amarillas, que pensó hacia juego con la ropita que solía usar siempre su sobrina. En otra tienda encontró unos pantalones negros, que estaban de oferta y también los compró. Caminando nuevamente hacia el estacionamiento, se encontró con una amiga de su hermana. Pensó en mostrarle los regalos para ver que le parecían, pero ella andaba muy apurada y apenas si lo saludó.
Cuarenta minutos después estaba tocando el timbre del departamento donde la homenajeada vivía con su marido y su única hija. Pasaron cinco minutos, volvió a tocar. Apoyó su oreja contra la puerta, que estaba fría y no pudo oir nada. Esta vez golpeó la puerta con un puñetazo fuerte, y sintió el calor de la sangre saliendo por sus nudillos. Pasaron diez minutos y decidió irse. Pasaría por una guardia para que le vieran la mano, le dolía, pero por suerte ya no sangraba.
A pocas cuadras estaba el hospital del barrio, le dieron dos puntos.
Llegó a su casa cansado, con la mano vendada, y con tres bolsas de regalos. Se sentó en el sillón de su pequeño living, prendió la televisión, respiró profundo y sintió el dolor que subía por sus dedos, pasaba por su hombro y se instalaba en su corazón.
Entró a una lencería, es que la vidriera se veía atractiva, y salió del local con una bolsa con moño gigante llena de bombachas. Empezó a caminar hacia el estacionamiento y se le ocurrió que quizás ese no era un regalo apropiado para una hermana, pero ya lo había pagado y además estaba casi llegando al auto. Decidió dejar la bolsa de bombachas en el baúl y volver al shopping para ver si encontraba otro regalo.
Primero pasó por la sección de librerías, y decidió seguir de largo porque había demasiados libros y solo disponía de 30 minutos más. Pasó después por el sector de los zapatos, vio unos que le parecieron muy originales, pero como no se acordaba el talle de su hermana, decidió no arriesgarse. Luego llegó hasta la sección de la ropa femenina de una gran tienda, y compró una camisa blanca con pintitas amarillas, que pensó hacia juego con la ropita que solía usar siempre su sobrina. En otra tienda encontró unos pantalones negros, que estaban de oferta y también los compró. Caminando nuevamente hacia el estacionamiento, se encontró con una amiga de su hermana. Pensó en mostrarle los regalos para ver que le parecían, pero ella andaba muy apurada y apenas si lo saludó.
Cuarenta minutos después estaba tocando el timbre del departamento donde la homenajeada vivía con su marido y su única hija. Pasaron cinco minutos, volvió a tocar. Apoyó su oreja contra la puerta, que estaba fría y no pudo oir nada. Esta vez golpeó la puerta con un puñetazo fuerte, y sintió el calor de la sangre saliendo por sus nudillos. Pasaron diez minutos y decidió irse. Pasaría por una guardia para que le vieran la mano, le dolía, pero por suerte ya no sangraba.
A pocas cuadras estaba el hospital del barrio, le dieron dos puntos.
Llegó a su casa cansado, con la mano vendada, y con tres bolsas de regalos. Se sentó en el sillón de su pequeño living, prendió la televisión, respiró profundo y sintió el dolor que subía por sus dedos, pasaba por su hombro y se instalaba en su corazón.
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