Wednesday, September 30, 2009

Ficción "La minifalda"

Solía pasar por la vereda donde estaba el restaurante y caminar con distintas minifaldas, parecía tener una para cada día de la semana. Las combinaba con distintas blusas de volados, de variados tamaños. Ese día se había puesto una de color azul Francia, con dos volados que salían desde el cuello, una combinación de vestimenta medieval y babero de bebé aristocrático. La minifalda era en distintos tonos de verde y marrón, dando una sensación de camuflaje, que nada hacía más que contrastar con la vereda de baldosas amarillas de la calle Corrientes. Traía como siempre el mismo bolso de cuero negro con manijas charoladas, demasiado grande para su tamaño.


Había sido Actriz en una época, eso le contaba a todo el que encontraba. No sé en qué año, porque era muy difícil descifrar su edad. Tenía la piel de una mujer grande, pero sin embargo parecía no tener arrugas, su piel brillaba como brilla la de un adolescente con acné pero hablaba de épocas y compañeros de cartel, que hacía tiempo habían fallecido. Su pelo parecía natural, aunque más de una vez me di cuenta que se movía demasiado, y sospeché para luego comprobar con certitud que se trataba de una muy buena peluca.

Esa tarde la vi caminando por la misma vereda, como hacía diariamente desde que nos mudamos con la empresa a la oficina del centro, ya hacía casi 15 años. Pero esa tarde sin embargo fue distinta. Ella solía caminar por la misma cuadra, llegaba a la esquina de Corrientes y Suipacha y giraba lentamente su cuerpo, como si se hubiese olvidado algo en el camino, disimulando su locura, y evidenciando un dejo de cordura en su intención. Giraba y volvía a un paso lento pero seguro a caminar hacia el restaurante que estaba ubicado exactamente a mitad de la cuadra. Yo no sabía si ella se detenía allí porque era justo la mitad y era obsesiva compulsiva, o si de verdad tendría razones para esperar fuera de aquel restaurante. Es que ella no entraba, sólo se quedaba mirando desde afuera un buen rato, como esperando que saliera alguien, y cuando se cansaba comenzaba su caminata hacia la otra esquina, y así seguía todo el día. La veía caminar al entrar a mi oficina a eso de las 9 de la mañana, y seguía allí caminando o esperando cuando yo terminaba mi jornada, a eso de las 6 o 7 de la tarde.

Vuelvo a aquella tarde, cuando la vi, con la blusa azul Francia y la minifalda camuflada. Tenía un cigarrillo en la mano, y fumaba sin parar, se había quedado como de costumbre parada fuera del restaurante. Terminó su cigarrillo y ahí fue cuando sucedió.

Saliendo del café una señora rubia, alta, muy elegantemente vestida, con su pollera recta hasta las rodillas haciendo juego con un saco atado a la cintura de color crema y zapatos negros de tacón. Me acuerdo bien de los zapatos porque me parecieron demasiado altos para una mujer común, una mujer como yo que trabajaba todo el día parada atendiendo gente en la oficina. Detrás salió un hombre, parecía mayor, lucía un traje de sastre de lujo, de esos que se hacían en otras épocas, pero que evidentemente conservaba en impecable estado, lo mismo que su figura. En ese momento no supe si ellos estaban juntos, pues cada uno al salir del restaurant tomó dirección opuesta, caminando hacia distinta esquina.

Con su blusa de volados azul y su pollera de guerra, sacó un arma de la cartera, y le apuntó a la mujer de traje crema. Yo estaba parada muy cerca, porque recién salía de mi oficina, y pude ver las manos envolviendo la pistola que temblaban, un temblor de edad quizás, pero a mi más bien me pareció que temblaba de miedo. La gente a mi alrededor comenzó a gritar. Y el hombre que estaba ya casi llegando a la otra esquina, al escuchar el escándalo, se dio vuelta, y desde esa distancia, gritó - ¡Ana María! ¡¿Por Dios, que estás haciendo?!

La señora de traje crema, no dijo palabra, se la veía asustada pero no tanto como Ana María. Ana María guardó el arma en su bolso, giró lentamente como lo había hecho cada tarde en cada esquina, me miró, y me dijo - Lo sabía, yo lo sabía, me llevó 15 años y un arma lograr que confiese – Un llanto seco salió de su alma cansada. La abracé, y trate de consolarla acariciando su cabeza como se le hace a un niño que acaba de lastimarse una rodilla. No me di cuenta que esa mañana me había puesto el anillo de compromiso que me había dado Rodrigo hacia 20 años, y que me negaba a usar por razones de seguridad. Sin embargo ese día cumplíamos 17 años de casados, e iríamos a cenar luego del trabajo. Los pelos quedaron atrapados entre la piedra y el metal, y junto con la caricia se deslizó su peluca negra, dejando ver su cabello blanco atado fuertemente en un pequeño rodete. Traté de desenredar su peluca de mi anillo, intenté varias veces pero no pude. Me miró a los ojos, y me dijo- Ya no importa, gracias – Y se fue, caminando sola, como tantas otras veces, sólo que ahora desentonaba más su vestimenta. Me tomé un taxi y llegué a la oficina de mi marido. Le pedí un par de tijeras para cortar los pelos. –¿Decime que haces vos con una peluca en la mano?- Es una larga historia, ¡Feliz Aniversario!-

Me pasé la noche pensando. Una herida vieja, aunque se haya secado, al abrirla duele demasiado. Le pedí a Rodrigo, que si algún día se encuentra con una mujer de traje crema, que me avise cuanto antes, asi puedo caminar, y seguir caminando, sin detenerme a esperar a nada ni a nadie. Solo caminar hacía adelante. Me dijo que no entendía de que le estaba hablando, me dio un largo beso.

–Gordita vos sabes que yo odio el color crema.-

-Lo sé, por eso te amo.-

Sunday, September 27, 2009

Ficción "La monjita"

Se llamaba Elena Vargas, y era la única de su familia que pensaba en ser monja. Tenía cinco hermanas, todas menores que ella. Sus padres, pertenecían al grupo de los comúnmente llamados “ultra católicos”. Algunos pensarían que por esa razón tuvieron tantas hijas, pero los más acertados sabían más bien que a Laura y Augusto les gustaba festejar todos los días. Por toda la casa se escuchaban sus uniones espontaneas. Elena se preguntaba si la pasarían bien, ya que los llantos y sonidos que emitia su madre retumbaban las paredes de la vieja casa y para Elena se asemejaban más al sufrimiento de un perro herido que a la dicha de un festejo. Pero bueno, Elena no sabía mucho de aquello, todavía.


En el colegio era aplicada, aunque en catequesis no entendía nada. La monja la consolaba, explicándole, que la Fe no había que entenderla, que con solo creer bastaba. Tanto tiempo pasaba Elena en el colegio, que fue aumentando su cariño, por las monjas, los pasillos, los olores, y la ausencia. Ausencia de ruidos, pues en su casa la invadía una charla continua, de tonos altos, casi sopranos, que diariamente oía. Ni en las noches descansaban los pobres oídos de Elena.

Le atrajo desde chica, el silencio de las tardes en la escuela, cuando todas las alumnas se retiraban y ella se quedaba ayudando con la limpieza. Al lado estaba la casa de las monjas, y en la esquina, una pequeña capilla. Elena comenzó limpiando los pasillos, ayudando a la hermana Pobreza de Dios, pues así se llamaba, su maestra de catequesis. A medida que limpiaban, Pobreza de Dios, la iba convirtiendo, y las dudas que tenía sobre su fe, poco a poco se le iban aclarando. Elena no estaba convencida al principio, y había muchas cosas que le daban risa, y otras tantas que le daban tanta pena que pasaba noches de insomnio tratando de entenderlas.

Una vez la hermana Pobreza de Dios, le contó la historia de una muchacha de su pueblo, que casualmente tenía la misma edad que ella. Vivía con su familia, y todas las tardes trabajaba en una gasolinera en el centro del pueblo, para poder ayudar a sus padres con los gastos de la casa. La hermana Pobreza de Dios, la conocía, pues solía ir con la camioneta del convento a cargar gasolina una vez a la semana. La muchacha estaba siempre detrás del mostrador, donde cobraba los dulces, y bebidas, y a los clientes que pagaban con tarjeta de crédito.

Pobreza de Dios, había cargado el tanque de combustible y entrado como hacia semanalmente a pagar con la tarjeta de crédito corporativa del convento. La empleada, que se llamaba María, había pasado la tarjeta pero la maquina le daba constantemente un aviso de error. Pobreza de Dios no tenía dinero en efectivo, y se lo dijo. María intentó unas cuantas veces más pasar la tarjeta por la maquinita pero no tuvo éxito. Finalmente, María miró a la hermana con una mezcla de cansancio y ternura, dos cualidades que parecían estar permanentemente marcadas en el rostro de la muchacha, y que en el transcurso de esos minutos se habían acentuado. Le dijo, que se vaya, que no le cobraría nada, pero que se acordara de ella, y rezara por su familia. Pobreza de Dios se fue muy contenta de la gasolinería, no tanto por el dinero, aunque pensó podrían usarlo con provecho en el convento, sino por la muestra fiel de generosidad de aquella muchacha.

Caminando hacía la camioneta, escuchó un ruido muy fuerte que la hizo dar vuelta. El gerente de la gasolinera había escuchado la decisión de María y estaba furioso con ella. Fue una estantería de alfajores, que tiró al piso, y desparramó por todos lados. Pobreza de Dios, salió corriendo hacia la estación. Quería explicarle que vendría más tarde con el dinero, que por favor no castigue a María, que era una buena empleada, piadosa, y generosa. Pero al gerente no le interesaba nada de eso, y menos que menos escuchar a una monja. Tomó un pedazo de estantería del piso, y como si hubiese sido poco el anterior despliegue de violencia, tiró la madera astillada a la cabeza de la muchacha . María ni siquiera defendió su cuerpo con sus manos, ni hizo ningún movimiento para evadir lo que se le venía encima, la muchacha parecía no tener ningún instinto vivo de autoprotección . Se quedó parada con la madera astillada clavada. Pobreza de Dios salió corriendo con ella de la estación, la sentó en la camioneta, y manejo hasta el hospital del pueblo. La gente que estaba dentro también salió corriendo, todos subieron a sus autos manejando aunque casi ninguno había pagado.

En el hospital trataron a María con la mayor delicadeza, le sacaron la madera, y le vendaron toda la cabeza. Veinte días estuvo en su casa, sin poder verse. Pobreza de Dios, pasó todas las tardes a visitarla, le llevó a ella y sus hermanos, pasteles y galletitas horneadas por las monjitas del convento. Había pasado también por la estación de servicio, a saldar su cuenta. Y se alegró al ver que el gerente violento ya no trabajaba más allí.

Cuando María fue por última vez al hospital, le sacaron la venda, y aún viendo las caras de consternación de las enfermeras, pidió que le trajeran un espejo. Llamaron al médico de urgencia, porque María se desmayó. Su rostro había quedado desfigurado, le faltaba parte de la nariz, tenía el labio superior cortado en dos, y solo le quedaba una ceja. El médico estaba preocupado, porque nunca habían tratado un caso semejante en el pueblo, y no disponían de los equipos ni de la experiencia, para resolver esa dolencia. Él mismo se encargó de contactar al hospital de la ciudad, y allí derivó a María, que se fue esa misma tarde junto con su mamá.

Pobreza de Dios se enteró de todo esto, gracias a una de las enfermeras, hermana de una monja del convento. Quiso ir a ver a María a la ciudad pero no le dieron permiso para ir tan lejos. Pobreza de Dios rezó por ella, por su familia, por su belleza. Rezó todos los días, lo más que pudo, hasta pasó muchas noches sin dormir, pues se despertaba espantada con la imagen del rostro arruinado de María.

Pasaron meses y Pobreza de Dios no supo mas nada de la muchacha, hasta que yendo una tarde a la gasolinera la vio parada en el medio de los tanques con un encendedor en la mano, y en la otra mecha de algodón muy grande. Pobreza de Dios bajó muy rápido de la camioneta, se acercó a ella, y tomándole la mano, le dijo

–María no lo hagas por favor-

- Pero madre soy un monstruo, míreme la cara, soy un monstruo- y se largó a llorar con un llanto desconsolado, un llanto como de animal desgarrado. Pobreza de Dios sintió su dolor, y escuchó su llanto un buen rato, ese llanto que era la evidencia perfecta de la imagen deshumanizada que María veía en el espejo desde aquel trágico día. Pobreza de Dios la abrazó, y María lloró y lloró, hasta que se le secaron las lágrimas, no por falta de dolor, sino porque una astilla le había destruido el lagrimal izquierdo. María le preguntó porque Dios la había castigado con semejante cosa, cuando ella solo había querido hacer algo bueno. Pobreza de Dios, pensó un largo rato, mientras seguía abrazándola con toda la fuerza y la compasión de la que era capaz, y finalmente dejó de pensar. No había razones lógicas, o explicaciones a lo que había pasado, solo se le ocurrió decirle a María que Dios la estaba llamando. Sí, Dios quería que le diera su vida. Su belleza era demasiada para este mundo, y ahora con su belleza interior intacta le pedía que se dedique a servir a los demás.

María comenzó a visitar la capilla del convento todas las tardes. El Padre que estaba en esa época en el convento la confesaba todos los días, y María comulgaba. Pobreza de Dios se convirtió en su consejera, y de a poquito la fue llevando a comprender el mensaje de Dios para su vida. María dejo de mirarse en los reflejos de los vidrios, pues hacia ya un tiempo que no se miraba en ningún espejo. Comenzó a trabajar en la huerta, a hornear en la gran cocina, a rezar el rosario, y a contemplar las estrellas. María decidió consagrarse y eligió llamarse María Corazón de Jesús.



Elena escuchaba esta historia con muchísima atención, estaba parada contra el portón del patio y había dejado la escoba en la misma posición desde hacía largo rato. –¿Qué pasó con María Corazón de Jesús?

--Bueno Elena, la historia es más larga, pero ahora ya es tarde y debes ir para tu casa, mañana seguimos-

-! Ay! No, pero ahora me quedo con la intriga! Hermana cuénteme por favor!-

Y Pobreza de Dios, que tenía una debilidad especial por Elena, le contó lo que faltaba de la historia de la muchacha desfigurada.

Elena volvió a su casa y como siempre, escuchó desde antes de entrar, ruidos, gritos, y conversaciones variadas. Su papá estaba en el living sentado como siempre con su pipa, su mamá en la cocina con sus dos hermanas más chiquitas. Elena fue directo a su habitación, cerró la puerta, bajó la persiana, y rezó. Rezó por María Corazón de Jesús, rezó por la hermana Pobreza de Dios, y rezó por ella. Le pidió a Dios que le instruya en el camino que debía seguir, pues ya en su corazón empezaba a escuchar una llamada.



María Corazón de Jesús, había muerto esa mañana, luego de consagrarse monjita, se desplomó en la iglesia. Su corazón había parado, así de golpe, y sin aviso. La enterraron en la capilla, y le hicieron una larga misa. Pobreza de Dios, hablo de su hermosura, de su generosidad, y su entrega. Aún en los momentos de duda, María había estado protegida. Dios la llamaba, pues era demasiado para esta familia humana.

Elena quería ser igual a ella, quería poder ir con Dios aún cuando no estuviese desfigurada. L a mañana siguiente en la escuela, Elena habló con Pobreza de Dios, y le dijo que sentía que su camino estaba allí, con ella. Pobreza de Dios la escuchó, y le recomendó que todos los días leyera un pedacito de la Biblia, y luego le comentara que sentía. Así hizo Elena, durante un año entero, día por día, llegaba a su casa, y leía.

Al cabo de un año y habiendo cumplido los diecisiete años. Pobreza de Dios, llamó a Elena a su celda, le dijo que pronto terminaría la escuela, y que el momento se estaba acercando. Su deseo de consagrarse estaba cada vez más cerca, vendría el Obispo a conocerla y hablar con ella. Elena no supo que contestarle a la Hermana, pues hacia dos semanas, se había enterado que estaba embarazada.

Saturday, September 26, 2009

Ficción "La libretita"

Mucho dolor...eso es lo que sentía Clarita. Pasaba horas en su cuarto, contando monedas, y billetes gastados. Tenía una libreta donde anotaba sus gastos, y uno por uno iba calculando. Había días en los que no salía, pues prefería comer parada en la cocina. Estaba ahorrando, y todas las tardes sumaba y restaba minucias, y centavos.
Un día pasó algo inesperado, pues perdió en algún lado, su libretita contable. Era chiquita, espiralada, de hojas amarillas, un poco gastadas. La había conservado todos esos años, hilera por hilera la había ido prolijamente llenando. Una perdida inesperada, pero Clarita precavida tenía guardada una de repuesto, en una caja debajo de la cama. Estaba nuevita, con hojas blanquitas, y el espiral intacto. Sintió algo de alegría, al pensar que comenzaría la nueva libretita de gastos.
Salió esa noche con amigos a cenar, y luego a bailar a un lugar muy elegante. Pagaron todos la entrada, porque ninguno era muy popular. Cincuenta pesos, les pidieron, y Clarita pagó con tres billetes de diez y cuatro de cinco. Le pareció demasiado dinero, pero no quería quedarse fuera de semejante fiesta. Es que había uno que le interesaba entre todos los amigos que la acompañaban. Juan era su nombre, y había pagado con un sólo billete de cincuenta, pues el no llevaba libreta. A Clarita le gustaba saber que él era así, porque los opuestos se atraen ó ¿No era así? Le preguntaba a sus amigas, si pensaban que a Juan le gustaba. Las amigas opinaban que seguramente él le daría una oportunidad, si ella se abría y lo conocía más.
A la hora de pagar la cena Clarita estaba indispuesta en el toilet del restaurante pero no evadió los cincuenta pesos del baile, que fue el primer monto que anotó en su nueva libretita. Juan la vio en el auto por el espejo retrovisor cuando estaba escribiendo y le pregunto qué estaba haciendo. Clarita le contó que anotaba los gastos. Juan la miró otra vez por el espejo, y le dijo que curiosamente, lo mismo hacía su mamá. La dejaron primero a Clarita en su casa, y Juan se fue junto con Lidia en el auto.
Al día siguiente todos se encontraron, y Juan y Lidia anunciaron que estaban enamorados.
Clarita, siguió anotando, más que nunca, centavo por centavo, todo lo que gastaba, lo que ahorraba, hasta lo que regalaba. Aunque esta última columna no llegaba a completar ni las dos primeras hileras de su ya gastada, y muy usada libretita.

Friday, September 25, 2009

Ficción "Cadencia"

Había estado mirando revistas, y luego de la entrevista no había podido dejar de pensar en la palabra cadencia. La cadencia de sus caderas, le parecía a veces demasiado poca, y a veces más que suficiente. Todo dependía de cuanta mirada masculina percibía a su alrededor. Había días de mucha comida, y mucha cadencia involuntaria, y días de poca comida y mucha cadencia ensayada. De noche o de día, practicaba frente a dos espejos enfrentados, caminaba por el largo de su habitación, con los anteojos puestos para poder contemplar su reflejo.
Uno de esos días con la puerta entreabierta, la vio Clemencia, que era su madre. Los primeros segundos de contemplarla le pareció inocente la actividad clandestina de su hija, aunque luego fue testigo por el espejo, del ardiente meneo de sus caderas. Ese día Soledad, no pudo evitar escuchar el sermón de Clemencia. Media hora duró la charla, sobre las niñas y el comportamiento debido, y no faltaron las preguntas sobre que quería lograr con sus danzantes caderas. Soledad escuchó a su madre, como niña buena, que sí lo era. Escuchó con atención sin decir palabra, y una vez que hubo terminado el discurso, Soledad contestó todas las preguntas de Clemencia, con una sola respuesta
-El espejo es el culpable mamá, yo solo practico caminar con elegancia, no soy capaz de ver mi cadencia, solo quiero poder ver lo que ven los demás cuando me miran de atrás- Clemencia no supo que decirle a su hija, pues ya le había dicho todo lo que sabía, aquello que le había dicho su madre, que probablemente lo había aprendido de su abuela.
Soledad siguió con su práctica clandestina, y ya empezó a notarse en la escuela. La monja profesora de educación física, fue la primera, le exigió que caminase derecha como el resto de sus compañeras. Soledad jugaba muy bien al voleibol, era una de las mejores de su clase, aunque a veces cuando corría para atajar la bola, se iba muy para el costado, y terminaba pegándole con cualquier cosa menos el brazo.
La profesora de matemática también le hizo un comentario, una tarde cuando la llamó a pasar al frente a resolver una ecuación, y Soledad distraída, fue desde el fondo de la clase donde estaba su banco hasta el pizarrón, meneando su cintura, como si estuviese en su habitación. Lo que hizo más bien enfurecer a su profesora no fue su meneo evidente, sino que cuando pasó al frente, no hubo manera de que resuelva el problema.
Fueron así despertando el resto de sus profesoras, muchísimo más tarde que sus compañeras, que ya la habían apodado ¨Soledad la gata de la escuela¨.
Cuando todas las profesoras se comentaron la situación, decidieron llamarla a Clemencia. Así fue que terminaron en la oficina de la directora, Clemencia, Soledad, y tres profesoras, entre ellas la monja de deportes. Habló primero la madre superiora, y les dijo que estaba preocupada por las notas de Soledad, y porque había rumores de que estaba teniendo amores con hombres mayores. Clemencia casi se infarta, cuando escuchó esta novedad. Soledad no dijo nada, y dejó que el resto hablara. Las profesoras se quejaron de las notas, de la falta de atención, y de la poca comunicación en clase. La de voleibol, se quejó de la perdida de precisión en el deporte, pero nadie habló de la cadencia. Cuando terminaron todas de exponer sus quejas. Soledad habló con calma, parada en el medio de la sala, con una mano en la cintura, y la otra en la cabeza. Si le iba mal en las clases, es porque quería dejar la escuela, ya que a su criterio no servía para nada, porque desde hacía ya un tiempo sabía, quería ser modelo.
Clemencia, se horrorizó al escuchar a su hija, aunque finalmente una vez que llegaron a su casa, y luego de largo rato de gritos y discusión tuvo que reconocerle, que por lo menos, la había tranquilizado saber que no era verdad que estuviese saliendo con un hombre mayor. Soledad como siempre, no contestó, se guardó para sí el nombre del Señor de la agencia, el que le había dicho que era perfecta y que sólo debía practicar un poco más la cadencia de sus caderas.

Friday, September 11, 2009

Ficción "Ex jefe"

Salió corriendo de la oficina. Había renunciado. No podía estar más en ese lugar. Sin ventanas, lleno de plantas artificiales, con el aire acondicionado siempre al máximo, e imposible de controlar, porque era centralizado. Hacía 2 años que estaba ahí, y todo lo que pensaba que mejoraría, había empeorado. O por lo menos eso pensaba ella. Quería hacer algo significativo, quería sentir que su trabajo aportaba algo al bien común, y no sólo al bolsillo de su jefe.
Su jefe era un hombre joven, casado, con dos hijas, y una insipiente pelada. Entre las tareas que le asignaba a diario estaba la de ir una vez a la semana a hacer fila en la farmacia de la esquina para comprar la loción para la caída del cabello que él usaba.
Detestaba tener que hacer eso, era lo que más le molestaba de su trabajo. Otras secretarias podrían pensar que era una buena oportunidad para salir de su pequeño escritorio y respirar un poco de aire puro. Pero ella resentía tener que usar su tiempo para satisfacer la vanidad de un hombre que, pensaba, aún con pelo nunca iba a ser atractivo.
Su mujer venia seguido a verlo. Era alta, con buen físico, y se vestía elegante, no era linda opinaba Gabriela, pero reconocía que muchos en la empresa la definían como una mujer interesante. Entraba a la oficina de su marido sin golpear la puerta, y Gabriela había dejado de intentar anunciarla desde hacía mucho tiempo.
Se dedicaba a atender llamados, hacer citas, abrir y enviar sobres. No había mucha diversión ni novedad en su trabajo, sin embargo una de las cosas que más le divertían era imaginar que harían su jefe y la esposa en esos veinte o treinta minutos que pasaban juntos detrás de la puerta.
Sus días eran todos iguales. Llegaba temprano luego de un largo viaje en tren, y colectivo. Se ponía el sueter, preparaba un café, abría la correspondencia del día, y esperaba que él llegara con las novedades o tareas que le asignaría.
Gabriela no se caracterizaba por su gran productividad. Pensaba que quizás la naturaleza de su trabajo impedía que pudiese innovar o asumir más tareas, o desafíos.

Ese día sin embargo fue distinto. Su jefe llegó como todas las mañanas, dos horas después que el resto de los empleados.
Ella lo saludó, le ofreció un café, y le llevó la correspondencia a su escritorio. Atendió un par de llamados del exterior, y luego salió a almorzar.
A eso de las tres de la tarde, el la llamó a su oficina. Le dijo que no la necesitaban más en la empresa, no había hecho nada malo, sólo que la empresa estaba pasando por un momento de crisis y comenzaban a despedir los últimos empleados contratados.
Nunca había hecho nada que no le hubiesen ordenado, quizás ese había sido el error, pensó ella. ¿Ó era una suerte? Gabriela le dijo que ella renunciaba, que no quería que la despidan.
Tomó lo que pudo de sus cosas, pues hacia dos años que acumulaba muñequitos, libros, lápices, y demás chucherías en los cajones de su escritorio. Pero antes, entró a la oficina de su jefe, sin anunciarse, como tantas veces había hecho su mujer. Lo vió ahí sentado, atónito por su audacia. Sin decir una palabra Gabriela le dejó un papel arriba del escritorio.
Corriendo por los pasillos, cargada de cosas, con una sonrisa de oreja a oreja, Gabriela salió del encierro, y respiró el aire de la tarde de Buenos Aires.
En la oficina, su jefe abría la nota…
Peluquines Balá
Paso 586
Once

Ficción "Mugre"

El auto estaba sucio, lleno de viejos recibos, envolturas de hamburguesas, de helados, y caramelos. El asiento trasero parecía un basurero, pero a él no le molestaba. Estacionó en el primer espacio que encontró en el shopping. Era el cumpleaños de su hermana, y necesitaba comprarle un regalo.
Entró a una lencería, es que la vidriera se veía atractiva, y salió del local con una bolsa con moño gigante llena de bombachas. Empezó a caminar hacia el estacionamiento y se le ocurrió que quizás ese no era un regalo apropiado para una hermana, pero ya lo había pagado y además estaba casi llegando al auto. Decidió dejar la bolsa de bombachas en el baúl y volver al shopping para ver si encontraba otro regalo.
Primero pasó por la sección de librerías, y decidió seguir de largo porque había demasiados libros y solo disponía de 30 minutos más. Pasó después por el sector de los zapatos, vio unos que le parecieron muy originales, pero como no se acordaba el talle de su hermana, decidió no arriesgarse. Luego llegó hasta la sección de la ropa femenina de una gran tienda, y compró una camisa blanca con pintitas amarillas, que pensó hacia juego con la ropita que solía usar siempre su sobrina. En otra tienda encontró unos pantalones negros, que estaban de oferta y también los compró. Caminando nuevamente hacia el estacionamiento, se encontró con una amiga de su hermana. Pensó en mostrarle los regalos para ver que le parecían, pero ella andaba muy apurada y apenas si lo saludó.
Cuarenta minutos después estaba tocando el timbre del departamento donde la homenajeada vivía con su marido y su única hija. Pasaron cinco minutos, volvió a tocar. Apoyó su oreja contra la puerta, que estaba fría y no pudo oir nada. Esta vez golpeó la puerta con un puñetazo fuerte, y sintió el calor de la sangre saliendo por sus nudillos. Pasaron diez minutos y decidió irse. Pasaría por una guardia para que le vieran la mano, le dolía, pero por suerte ya no sangraba.
A pocas cuadras estaba el hospital del barrio, le dieron dos puntos.
Llegó a su casa cansado, con la mano vendada, y con tres bolsas de regalos. Se sentó en el sillón de su pequeño living, prendió la televisión, respiró profundo y sintió el dolor que subía por sus dedos, pasaba por su hombro y se instalaba en su corazón.

Ficción "La figurita"

Carlitos vivía a la vuelta de mi casa. Tenía una de esas bicicletas modernas que venían con asiento de acompañante, inflador portátil, y luces por todos lados. Mi bici era más modesta, pero yo amaba la canasta que me servía para llevar mis juguetes por todos lados. Y además mi bici era color rosa.
Esa tarde mamá me había pedido que compre dos sachets de leche en el almacén de la esquina. Yo practiqué un buen rato mientras andaba en la bici, la palabra ¨sachet¨. Tenía miedo que no me salga, y hacer un papelón
-sachet, sachet, sachet- repetía por dentro.
Llegué al almacén, estacioné la bici fuera, y entré. Había que sacar número. A mi lado esperando estaba Juana la señora del Kiosco, estaba Fermín el portero de mi edificio, Cacho el de la panadería, y varias señoras de mi edificio, que siempre hablaban con mi mamá pero no me acuerdo sus nombres.
Me saludaron todos, y Juana me contó mientras esperábamos nuestro turno, que habían llegado las nuevas figuritas. Era un álbum de deportes, y hasta me dijo que había algunas figuritas de ciclistas, y me explico que esos eran los que andaban en bicicleta y competían para ver quien llegaba más rápido a la meta y así ganaban. Me contó que además de medallas, ganaban mucha plata.
Se me ocurrió que iba a hacer ciclista, y que mi primer competencia sería con Carlitos, en realidad porque no conocía a nadie en la cuadra que tuviese bici salvo él.
Llamaron el número 28, y me di cuenta que era el mío cuando ya habían pasado al 29. Es que estaba muy concentrada pensando ¨sachet¨ mientras me imaginaba pedaleando muy fuerte y ganándole a Carlitos. Después del 29 le pedí a Ramón, el almacenero, que me atienda porque yo tenía el número pasado, y le dije que necesitaba leche
-¿Cuánto queres de leche?-
- Bueno mi mama me dijo que le pida dos SasSassaschets! –
-¿Dos litros entonces Manuela? –
-Bueno no sé…ella me dijo, dos de esos que ya le dije-
-Si si es lo mismo Manuelita, tomá, son dos pesos.-
Volví a subirme a mi bici, y pedalee bien fuerte hasta mi edificio, deje la bici afuera, y subí hasta mi departamento. Grité bien fuerte.
Mami te traje la leche!-
La deje arriba de la mesa, y volví a la calle, donde mi bici estaba estacionada. Me subí y comencé a pedalear, dando vueltas a la manzana.

Carlitos estaba en el Kiosco, lo vi cuando pase en una de mis vueltas. Decidí ir a ver qué estaba haciendo. Estaba comprándose las nuevas figuritas.
- Yo también quiero un paquete –
-Son 20 centavos –
- Me los puede anotar Juana, porque ahora no tengo –
Y Juana que sabía que mama cada tanto bajaba a comprar sus cigarrillos anotó los 20 centavos de mi primer paquete de figuritas de deportes. Lo abrí rápidamente, estaba emocionada, pensando qué me tocaría, y para mi sorpresa eran tres figuritas de fútbol, y una de basquetbol. Carlitos que estaba al lado mío, me mostró las suyas. Tenía, una de fútbol, dos de voleibol, y tenía una de una ¡bicicleta! Como me había dicho Juana, eso se llamaba ciclismo, y le expliqué a Carlitos lo que ella me había contado hacía un rato.
No me quiso creer, me dijo que lo había inventado, que las bicicletas eran para salir a pasear y jugar y nada más. Me dijo que yo era una mentirosa.
-Carlitos, vamos a preguntarle a tu papa, y si yo te dije la verdad, vos me das tu figurita del ciclismo, y si vos tenias razón, yo te doy todas las mías. -
Así nos fuimos los dos al departamento de Carlitos. Tocamos la puerta, se escuchaban ruidos de ollas del otro lado. Al ratito volvimos a tocar, nos abrió la mamá, lucía cansada y tenía puesto un delantal de cocina todo manchado.
-¿Chicos que hacen acá? ¿Por qué no van a jugar afuera? Yo estoy cocinando…no los puedo atender.-
-Mamá, ¿Cuando llega papá?-
-No sé Carlitos ¿Por qué no te llevas a tu amiguita a andar en bici…eh? Vayan que a mí se me hace tarde, y quiero que este todo listo para cuando llegue tu padre.-
-Sí, pero mamá… ¿Cuándo llega papá? ¡Le tenemos que hacer una pregunta!
-Bueno Carlitos decime a mí, porque no sé cuándo va a llegar.-
-No mama, a vos no podemos, porque vos no sabes.-
-Bueno Señora, es que hicimos una apuesta y es que yo le dije a Carlitos que andar en bicicleta es un deporte que se llama ciclismo y que se compite para llegar a la meta más rápido, y ahí te dan un montón de plata. -
-Ah sí, sí Carlitos, Manuelita tiene razón, hay un deporte que yo he visto en la televisión, es más hay una carrera famosa que se hace en Francia en bicicleta.-
-No mamá ¡Cállate! ¡Vos no sabes nada! ¡Hasta que no venga papá yo no les creo nada a ustedes dos!
-Bueno chicos, vayan a jugar afuera, cuando llegue tu papá yo los voy a buscar Carlitos, anda…dale, haceme el favor, que si no, no termino.-

Carlitos, salió del departamento corriendo y yo lo seguí. Nos quedamos sentados los dos afuera del edificio, cuidando nuestras bicis mientras esperábamos a su papá.
Se hizo de noche, y fui a avisarle a mi mama que estaba en lo de Carlitos para que no se preocupara. Mis papás no eran amigos de los papás de Carlitos, yo no sabía por qué. Aunque siempre que se encontraban por el barrio se saludaban y se quedaban conversando un ratito. Creo que hablaban casi siempre de los maestros del colegio, de la directora, de la reunión de padres, y cosas por el estilo.
Llego el papá de Carlitos, lo vimos venir en el auto, entrando al estacionamiento. Nos metimos cuando el portón estaba abierto detrás de él corriendo como dos locos por la rampa. Tocó la bocina, estacionó y se bajó. Nos dijo que no volviéramos a hacer eso nunca más que era peligroso. En realidad se lo dijo sólo a Carlitos, porque a mí nunca me miró. Carlitos le pidió perdón, y le preguntó si era verdad que existía el ciclismo. El papá de Carlitos se acomodó los anteojos, tomó su portafolio del baúl.
– Nena, es tarde ¿Por qué no te vas a tu casa?
-Pero papá, me tenés que contestar la pregunta, porque necesitamos saber quién tiene razón-
- ¿Quien tiene razón sobre qué? Carlitos déjate de embromar, subí a lavarte las manos, y vos andate a tu casa. –
Me lo dijo con ojos tan severos que no tuve más remedio que saludar a Carlitos, e irme pedaleando fuerte a mi casa. Pero no sin antes escuchar, al papá, que le decía en voz baja
-Carlitos, las mujeres nunca tienen la razón, nunca-

Durante esa semana sólo me saludaba al llegar a la escuela, pero ya no jugaba conmigo y mis amigos a la mancha cadena, o al poli ladrón en los recreos. Se iba con sus amigos al otro patio y jugaban fútbol.
En la clase, la maestra muchas veces lo retaba por no prestar atención. Lo hacía pasar al frente a dar lección o contestar preguntas, pero Carlitos, nunca hablaba. Levantaba los hombros, con gesto de desgano y arrogancia. Yo había escuchado que los papas habían tenido que ir a hablar con la directora, para firmar el libro de mala conducta. Me daba pena Carlitos, porque era un buen amigo, y extrañaba andar juntos por la cuadra en bicicleta.
El mes siguiente al empezar la primavera, nuestro grado organizó el día del amigo invisible. Ese día me levante más temprano que de costumbre y fui a verla a Juana, le compré dos chupetines con chicle de uva, y un caramelo gordo masticable de limón.
A la tarde, puse un chupetín con chicle de uva en la mochila de Anastasia, la compañera que me había tocado por sorteo. Después del recreo la maestra nos dio diez minutos para encontrar y abrir nuestros regalos.
En mi mochila no había ningún paquete, en mi guardapolvo de actividades prácticas tampoco. Se me ocurrió mirar debajo de mi escritorio, donde siempre ponía mis libros, y ahí la encontré, un poco arrugada pero brillando como nunca, la figurita del ciclista.

Tuesday, September 1, 2009

Ficción ¨Metro¨

No las entiendo y si les digo que sí, les miento. Hubo un momento en mi vida, uno solo, en el que creí entenderlas, lástima que duró calculo unos diez segundos. Ahora decidí dedicarme a otras cosas, y paso mi tiempo libre desarrollando mis habilidades en distintos hobbies y deportes. El mes pasado empecé Kite surfing, está muy bueno, lo malo que requiere demasiada fuerza de brazos, por eso esta semana prometí comenzar a levantar pesas en el gimnasio.
Esta tarde voy a ir a lo de mi mamá, resulta que hay ratas en la casa, y necesita que la ayude a exterminarlas. Como si yo supiera. Pero no puedo decirle que no, es mi mamá. Anduve consultando con amigos, solo los más íntimos. Es un tema delicado, no para andar comentándolo en la oficina. Pedro me recomendó un veneno que viene en pequeñas piedritas, y que se deja en unos platitos por ahí dando vueltas por toda la casa, hay que tener cuidado con los chicos. Espero que a mi hermana no se le ocurra dejar hoy a mis sobrinos para que la vieja los cuide.
Gonzalo me dijo que en la casa de sus padres pasó lo mismo, y el padre no tuvo mejor idea que perseguir la rata con la escoba. No quiero ni contarles el asco que sentí cuando me conto como quedó la escoba, ni que decir el bicho.
Hoy le prometí a mamá ocuparme y la verdad es que prefiero seguir el consejo de Pedro. Voy a pasar por la ferretería que queda acá a dos cuadras de casa, espero que no sea muy caro, porque sólo tengo veinte pesos en la billetera. Es que estamos casi a fin de mes, y todavía no cobré.
Acaba de llamarme mamá, mis sobrinos van a ir a tomar la leche. Voy a tener que dejar la exterminación para mañana. Igual en un rato voy para allá, tomo la leche y me voy al gimnasio. La vieja siempre me compra las facturas que me gustan, esas bolas de fraile y cañoncitos con dulce de leche que sólo venden en la panadería de José.
Volviendo al tema del comienzo, me estoy dedicando a otras actividades. Hace dos semanas que decidí hacer paro, no del trabajo, porque necesito la guita. He parado de salir con mujeres. Creo que los diez segundos de iluminación, no justifican tanto esfuerzo.
Después del gimnasio voy a pasar por el local de un amigo en Palermo, me dijo que trajo una nueva colección de pantalones y camisas de afuera, y me deja pagar en cuotas. Se me hace tarde, espero que los bastardos me dejen algún cañoncito.

Ficción ¨Reunión¨

Mañana es la reunión. Vienen todos los ejecutivos de planta de Canadá. Estuve revisando los números con el contador, y parece que esta todo en orden. Necesito que esto salga bien, he puesto demasiado dinero y expectativas en este proyecto.
El año que viene Mariana empieza la universidad y según mis cálculos tengo que incrementar en un cuarto mis ingresos para poder pagarla. Es que mis hijos merecen una buena educación. Eso es algo prioritario para mi mujer, y por supuesto para mí también.
Los cuatro asisten a colegios privados, y entre los materiales, los libros y los viajes de estudio, su educación es realmente un presupuesto. Los dos más chicos todavía están en la primaria, por suerte.
Con mi mujer muchas veces nos imaginamos como hubiese sido nuestra vida sin ellos. A veces nos vemos en una casa en la playa, con caipiriñas en la mano, otras viajando por Europa recorriendo todos los museos de arte.
A los dos nos gusta mucho la pintura. En casa tenemos varios cuadros, esos de lamina, que no serán originales, pero mismo dejan apreciarse. Los compró ella en los giftshops del Louvre y del Guggenheim. El año que viene voy a ir, es que no he podido tomarme vacaciones.
Anoche hablando con ella, le comenté sobre mis nervios por la reunión de mañana. Me dijo que pase lo que pase, ella me va a querer igual. Creo que por eso la elegí, porque es tan comprensiva. Además, de que se ve genial con jeans cuando viene y mejor cuando se va. Hace dieciocho años que estamos casados, y todavía mantiene la figura. No puedo decir lo mismo de mí. Es que no tengo tiempo. Aparte por mi trabajo tengo demasiadas comidas, y reuniones, y compromisos que no puedo evadir. Debo confesar también que me gusta mucho el whisky.
Creo que me va a costar dormirme esta noche, estoy ansioso pensando en mañana. Le voy a pedir a Marcela, así se llama mi mujer, que me dé una de esas pastillitas que ella se toma.
Tocaron la puerta.
Suena el teléfono.
Quizás le pida el frasco entero.

Ficción ¨La arena¨

La encontró tirada en la arena, parecía muerta. Tenía el pelo largo, enredadísimo, sin brillo, tan metódicamente desordenado como una maraña de abejas.
La levantó y la llevó hasta su tienda. La lavó con agua que tenía en su termo, y la secó con un pañuelo de seda roja que todavía conservaba de su mujer.
No se movía, solo respiraba a un ritmo muy lento y profundo. Con cada inspiración emitía un ruido similar a un silbido, como si su pecho fuese una caja fuerte sin llaves, y el aire un lujo al que no tenía derecho. Sus brazos cruzados delante de su cuerpo, parecían estar protegiendo su corazón de alguna amenaza tan antigua y distante, que sólo viviría en sueños.
Pasaron diez días, y él seguía cuidándola, le daba agua de a sorbitos cuando ella inspiraba, y solo en esos momentos se calmaba el sonido de su pecho.
El día número once cuando él había salido a buscar agua a la cascada, se acercó un niño y le dijo -Acaba de despertar, está hablando pero no logramos entenderla- El salió corriendo y llegó hasta la tienda con una sonrisa tan grande y tan blanca como la nube que estaba cubriendo el cielo. Entró, y la vió. Estaba sentada, desnuda, con su mano derecha arropando su pecho izquierdo, y su mano izquierda tocando su vientre. -¿Quién eres? ¿Puedes hablar? Dime por favor ¿Quién eres?-
Contestó con un sonido que él nunca había escuchado, parecía venir del centro de la tierra por su profundidad y retumbar en todas las montañas por su eco. No se asustó, la miró, se acercó lentamente, y se sentó a su lado. Ella tomó su mano derecha y la puso sobre su vientre desnudo y caliente. La miró por primera vez, y vio el mundo entero en sus ojos. Vio mares, y ríos, valles y montañas, desiertos y cataratas, vio oasis, y manantiales.
Ella sintió una gota caliente rodar por su mejilla y caer en su pecho, dejó correr una lágrima, y después otra y otra y otra, hasta que salieron juntos nadando de la tienda. Afuera el cielo estaba celeste, y el sol radiante los secó, los calentó, y alumbró.
Era blanca, muy blanca, con pelo negro brillante y ojos verde mar. Tan linda como la vida, tan viva como ese día.
Una brisa marina los envolvió, y la arena a su alrededor comenzó a levantarse con tanta fuerza que los cubrió por completo.
El niño que había estado mirándolos desde la distancia, volvió a su tienda. Le contó a su madre lo que había visto, y supo que algún día él también la encontraría.
Silenciosa, temerosa y armada, despeinada, desnuda...y completamente indefensa.

Ficción ¨Cecilia¨

Cecilia estaba sentada contra la ventana del café. Pasaba los minutos mirando la bruma de su aliento caliente y contemplando las formas dibujándose en el vidrio, aparecían y desaparecían, a un ritmo tan constante como su respiración y tan frecuente como sus miedos. Era una noche típica de invierno y había quedado con Matías en encontrarse allí. Hacia cuarenta minutos que lo esperaba, tomando un café tras otro. El viejo Pedro la conocía hacia diez años y le servía el café como a ella le gustaba, doble y sin azúcar. Hasta parecía saber cuando Cecilia necesitaba estar sola con sus pensamientos, y por eso esa noche, sin que ella dijera palabra se había asegurado de mantener su pocillo siempre lleno.
Cecilia era según sus amigos una mujer muy fuerte, pero quizás no lo suficiente para creerlo ella misma. Consideraba que las mujeres fuertes no pasaban noches llorando, o sintiendo que se equivocaban permanentemente - Si fuese tan fuerte diría mas veces que si, me arriesgaría más sin pensar tanto en las consecuencias - reflexionaba.
Carlos la había llamado esa misma tarde, para invitarla al cumpleaños de su mujer Queca, pero ella se había excusado, tenia algo muy importante que resolver. Algo que no la había dejado dormir las ultimas treinta noches.
Había cumplido 30 años hacía dos meses. Estaba más grande y lo sentía, aunque en algunos momentos cuando se enteraba de casamientos, hijos, y hasta divorcios de conocidos se sentía quizás demasiado joven. Desde que había cortado con Juan Pablo, en la facultad, no había sentido nunca ganas de comprometer su vida con alguien de manera tan significativa. A veces se alegraba porque sentía que la hoja de su vida sentimental estaba casi en blanco y otras noches se entristecía porque pensaba que había perdido demasiado tiempo estando sola. De todas maneras siempre que llenaba su cabeza con estos pensamientos, que coincidentemente sucedia luego de reencuentros escolares, universitarios, o laborales, volvía a pensar que sin lugar a dudas, no cambiaria su vida por la de ninguno de ellos.
Matías llego tarde. Lo vio entrar pasando por esa puerta que siempre le había parecido demasiado angosta, y que hoy le parecía gigante.
El café era una edificación muy tradicional, uno de los pocos que no habían sido victimas de las remodelaciones recientes, que parecían darles a todos el mismo estilo y la misma perdida de personalidad. La barra del bar tallada en madera marrón oscura, dos grandes heladeras de vidrio siempre llenas de tortas y merengues gigantes con crema, puertas y ventanas con pequeños vidrios redondos que recordaban a Cecilia la casa de los enanitos de Blanca nieves. Aun así, el frio se colaba por las bisagras y en noches como esa, su presunta fiel clientela se desplazaba al bar de la esquina, igual a muchos, pero cómodamente calefaccionado. Las mesas eran de madera marrón, pulida y vuelta a pintar demasiadas veces para contar, redonditas y lo suficientemente grandes para poner una taza, un libro, y un pequeño florero. Hacía tiempo que no ponían flores frescas, eran épocas de crisis y desde la última vez que Cecilia había ido habían cambiado las flores frescas, por unas similares pero de plástico. Aun así Cecilia amaba ese café, lo sentía hecho a su medida. La aliviaba ver a Pedro siempre allí, con su misma camisa blanca, su misma sonrisa manchada de tanto cigarrillo y sus mismos ojos de ángel. Hacia demasiado tiempo que había dejado a su pueblo al sur de Bahia Blanca. Y aunque solia visitar a su familia una vez al año para las fiestas, se sentía más a gusto en ese café, que en la casa de su infancia.
Ahí se había quedado él, parado junto a la puerta mirándola.
Lo había conocido hacia dos años, era compañero de oficina en la empresa. Él la había invitado a salir varias veces mientras trabajaban juntos, pero a Cecilia nunca le había parecido correcto involucrarse sentimentalmente. Pensaba que todos en la empresa iban a hablar de ellos, y que tarde o temprano uno de los dos se terminaría yendo, o eso se decía y le decía.
Afortunadamente hacía seis meses había empezado a trabajar para su hermana, que tenia una tienda de ropa interior de diseno y la había nombrado encargada de producción. Cecilia supervisaba en su mayoría a las pequeñas fabricas montadas por inmigrantes chinos que laboriosa y puntualmente cumplían con los pedidos que ella les hacía semanalmente. Le gustaba esa labor, desde chiquitita le había gustado experimentar con telas, hasta había tenido dos maquinitas de coser, que ahora según sus cálculos estarían decorando algún rincón congelado del ático patagónico de sus padres.
Apenas supo de la renuncia, Matias le mando un e-mail, diciéndole que ahora no tendría más excusas, y que si le parecía esa misma noche, la invitaba a tomar algo. Cecilia no tenía planes, hacía tiempo que había dejado de hacer danzas, y de estudiar francés, sus dos actividades extra laborales favoritas, es que nunca tenía suficiente tiempo. Esa tarde ante la perspectiva de volver sola a su casa y tener que cocinar, le contestó el mail diciéndole que sí, y le sugirió un café que estaba muy cerca de allí. Así salieron esa misma noche, y la siguiente, y la siguiente, y la siguiente. Despues de seis meses, de muchas salidas y de ninguna pelea, se encontraron nuevamente en el café de Pedro.
Matías se acercó rápidamente y sin decir palabra se sentó. Estaban frente a frente, lo suficientemente cerca para que Cecilia note que se había puesto el perfume que a ella le gustaba, el que sólo usaba para ocasiones especiales.
Hacía treinta días que Cecilia estaba inquieta, no sabía que le sucedía pero a veces sentía que no podía respirar, le pasaba caminando por la calle, mirando una película o hasta leyendo un libro. Treinta noches gastadas pensando y no le habían servido para resolver nada. Quizás él vendría con la solución a sus problemas.
Matías no dijo palabra, se lo veía cansado, solía siempre estar muy bien peinado, pero esa noche, parecía haberse levantado de una larga siesta y no haber siquiera contemplándose en el reflejo de alguna vidriera y sentido el impulso de pasarse la mano por su cabeza.
Se miraron largo rato y trataron de leer en sus ojos lo que ninguno podía expresar con palabras. Cecilia sintió una vez más que se le cerraba el pecho. Matías por primera vez sintió lo mismo.
Ella se fue esa noche fría caminando sola, más despierta que de costumbre aunque con un poco más de gastritis en el cuerpo y las mismas incertidumbres en el alma.