Mucho dolor...eso es lo que sentía Clarita. Pasaba horas en su cuarto, contando monedas, y billetes gastados. Tenía una libreta donde anotaba sus gastos, y uno por uno iba calculando. Había días en los que no salía, pues prefería comer parada en la cocina. Estaba ahorrando, y todas las tardes sumaba y restaba minucias, y centavos.
Un día pasó algo inesperado, pues perdió en algún lado, su libretita contable. Era chiquita, espiralada, de hojas amarillas, un poco gastadas. La había conservado todos esos años, hilera por hilera la había ido prolijamente llenando. Una perdida inesperada, pero Clarita precavida tenía guardada una de repuesto, en una caja debajo de la cama. Estaba nuevita, con hojas blanquitas, y el espiral intacto. Sintió algo de alegría, al pensar que comenzaría la nueva libretita de gastos.
Salió esa noche con amigos a cenar, y luego a bailar a un lugar muy elegante. Pagaron todos la entrada, porque ninguno era muy popular. Cincuenta pesos, les pidieron, y Clarita pagó con tres billetes de diez y cuatro de cinco. Le pareció demasiado dinero, pero no quería quedarse fuera de semejante fiesta. Es que había uno que le interesaba entre todos los amigos que la acompañaban. Juan era su nombre, y había pagado con un sólo billete de cincuenta, pues el no llevaba libreta. A Clarita le gustaba saber que él era así, porque los opuestos se atraen ó ¿No era así? Le preguntaba a sus amigas, si pensaban que a Juan le gustaba. Las amigas opinaban que seguramente él le daría una oportunidad, si ella se abría y lo conocía más.
A la hora de pagar la cena Clarita estaba indispuesta en el toilet del restaurante pero no evadió los cincuenta pesos del baile, que fue el primer monto que anotó en su nueva libretita. Juan la vio en el auto por el espejo retrovisor cuando estaba escribiendo y le pregunto qué estaba haciendo. Clarita le contó que anotaba los gastos. Juan la miró otra vez por el espejo, y le dijo que curiosamente, lo mismo hacía su mamá. La dejaron primero a Clarita en su casa, y Juan se fue junto con Lidia en el auto.
Al día siguiente todos se encontraron, y Juan y Lidia anunciaron que estaban enamorados.
Clarita, siguió anotando, más que nunca, centavo por centavo, todo lo que gastaba, lo que ahorraba, hasta lo que regalaba. Aunque esta última columna no llegaba a completar ni las dos primeras hileras de su ya gastada, y muy usada libretita.
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