Friday, September 11, 2009

Ficción "Ex jefe"

Salió corriendo de la oficina. Había renunciado. No podía estar más en ese lugar. Sin ventanas, lleno de plantas artificiales, con el aire acondicionado siempre al máximo, e imposible de controlar, porque era centralizado. Hacía 2 años que estaba ahí, y todo lo que pensaba que mejoraría, había empeorado. O por lo menos eso pensaba ella. Quería hacer algo significativo, quería sentir que su trabajo aportaba algo al bien común, y no sólo al bolsillo de su jefe.
Su jefe era un hombre joven, casado, con dos hijas, y una insipiente pelada. Entre las tareas que le asignaba a diario estaba la de ir una vez a la semana a hacer fila en la farmacia de la esquina para comprar la loción para la caída del cabello que él usaba.
Detestaba tener que hacer eso, era lo que más le molestaba de su trabajo. Otras secretarias podrían pensar que era una buena oportunidad para salir de su pequeño escritorio y respirar un poco de aire puro. Pero ella resentía tener que usar su tiempo para satisfacer la vanidad de un hombre que, pensaba, aún con pelo nunca iba a ser atractivo.
Su mujer venia seguido a verlo. Era alta, con buen físico, y se vestía elegante, no era linda opinaba Gabriela, pero reconocía que muchos en la empresa la definían como una mujer interesante. Entraba a la oficina de su marido sin golpear la puerta, y Gabriela había dejado de intentar anunciarla desde hacía mucho tiempo.
Se dedicaba a atender llamados, hacer citas, abrir y enviar sobres. No había mucha diversión ni novedad en su trabajo, sin embargo una de las cosas que más le divertían era imaginar que harían su jefe y la esposa en esos veinte o treinta minutos que pasaban juntos detrás de la puerta.
Sus días eran todos iguales. Llegaba temprano luego de un largo viaje en tren, y colectivo. Se ponía el sueter, preparaba un café, abría la correspondencia del día, y esperaba que él llegara con las novedades o tareas que le asignaría.
Gabriela no se caracterizaba por su gran productividad. Pensaba que quizás la naturaleza de su trabajo impedía que pudiese innovar o asumir más tareas, o desafíos.

Ese día sin embargo fue distinto. Su jefe llegó como todas las mañanas, dos horas después que el resto de los empleados.
Ella lo saludó, le ofreció un café, y le llevó la correspondencia a su escritorio. Atendió un par de llamados del exterior, y luego salió a almorzar.
A eso de las tres de la tarde, el la llamó a su oficina. Le dijo que no la necesitaban más en la empresa, no había hecho nada malo, sólo que la empresa estaba pasando por un momento de crisis y comenzaban a despedir los últimos empleados contratados.
Nunca había hecho nada que no le hubiesen ordenado, quizás ese había sido el error, pensó ella. ¿Ó era una suerte? Gabriela le dijo que ella renunciaba, que no quería que la despidan.
Tomó lo que pudo de sus cosas, pues hacia dos años que acumulaba muñequitos, libros, lápices, y demás chucherías en los cajones de su escritorio. Pero antes, entró a la oficina de su jefe, sin anunciarse, como tantas veces había hecho su mujer. Lo vió ahí sentado, atónito por su audacia. Sin decir una palabra Gabriela le dejó un papel arriba del escritorio.
Corriendo por los pasillos, cargada de cosas, con una sonrisa de oreja a oreja, Gabriela salió del encierro, y respiró el aire de la tarde de Buenos Aires.
En la oficina, su jefe abría la nota…
Peluquines Balá
Paso 586
Once

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