La encontró tirada en la arena, parecía muerta. Tenía el pelo largo, enredadísimo, sin brillo, tan metódicamente desordenado como una maraña de abejas.
La levantó y la llevó hasta su tienda. La lavó con agua que tenía en su termo, y la secó con un pañuelo de seda roja que todavía conservaba de su mujer.
No se movía, solo respiraba a un ritmo muy lento y profundo. Con cada inspiración emitía un ruido similar a un silbido, como si su pecho fuese una caja fuerte sin llaves, y el aire un lujo al que no tenía derecho. Sus brazos cruzados delante de su cuerpo, parecían estar protegiendo su corazón de alguna amenaza tan antigua y distante, que sólo viviría en sueños.
Pasaron diez días, y él seguía cuidándola, le daba agua de a sorbitos cuando ella inspiraba, y solo en esos momentos se calmaba el sonido de su pecho.
El día número once cuando él había salido a buscar agua a la cascada, se acercó un niño y le dijo -Acaba de despertar, está hablando pero no logramos entenderla- El salió corriendo y llegó hasta la tienda con una sonrisa tan grande y tan blanca como la nube que estaba cubriendo el cielo. Entró, y la vió. Estaba sentada, desnuda, con su mano derecha arropando su pecho izquierdo, y su mano izquierda tocando su vientre. -¿Quién eres? ¿Puedes hablar? Dime por favor ¿Quién eres?-
Contestó con un sonido que él nunca había escuchado, parecía venir del centro de la tierra por su profundidad y retumbar en todas las montañas por su eco. No se asustó, la miró, se acercó lentamente, y se sentó a su lado. Ella tomó su mano derecha y la puso sobre su vientre desnudo y caliente. La miró por primera vez, y vio el mundo entero en sus ojos. Vio mares, y ríos, valles y montañas, desiertos y cataratas, vio oasis, y manantiales.
Ella sintió una gota caliente rodar por su mejilla y caer en su pecho, dejó correr una lágrima, y después otra y otra y otra, hasta que salieron juntos nadando de la tienda. Afuera el cielo estaba celeste, y el sol radiante los secó, los calentó, y alumbró.
Era blanca, muy blanca, con pelo negro brillante y ojos verde mar. Tan linda como la vida, tan viva como ese día.
Una brisa marina los envolvió, y la arena a su alrededor comenzó a levantarse con tanta fuerza que los cubrió por completo.
El niño que había estado mirándolos desde la distancia, volvió a su tienda. Le contó a su madre lo que había visto, y supo que algún día él también la encontraría.
Silenciosa, temerosa y armada, despeinada, desnuda...y completamente indefensa.
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