Había estado mirando revistas, y luego de la entrevista no había podido dejar de pensar en la palabra cadencia. La cadencia de sus caderas, le parecía a veces demasiado poca, y a veces más que suficiente. Todo dependía de cuanta mirada masculina percibía a su alrededor. Había días de mucha comida, y mucha cadencia involuntaria, y días de poca comida y mucha cadencia ensayada. De noche o de día, practicaba frente a dos espejos enfrentados, caminaba por el largo de su habitación, con los anteojos puestos para poder contemplar su reflejo.
Uno de esos días con la puerta entreabierta, la vio Clemencia, que era su madre. Los primeros segundos de contemplarla le pareció inocente la actividad clandestina de su hija, aunque luego fue testigo por el espejo, del ardiente meneo de sus caderas. Ese día Soledad, no pudo evitar escuchar el sermón de Clemencia. Media hora duró la charla, sobre las niñas y el comportamiento debido, y no faltaron las preguntas sobre que quería lograr con sus danzantes caderas. Soledad escuchó a su madre, como niña buena, que sí lo era. Escuchó con atención sin decir palabra, y una vez que hubo terminado el discurso, Soledad contestó todas las preguntas de Clemencia, con una sola respuesta
-El espejo es el culpable mamá, yo solo practico caminar con elegancia, no soy capaz de ver mi cadencia, solo quiero poder ver lo que ven los demás cuando me miran de atrás- Clemencia no supo que decirle a su hija, pues ya le había dicho todo lo que sabía, aquello que le había dicho su madre, que probablemente lo había aprendido de su abuela.
Soledad siguió con su práctica clandestina, y ya empezó a notarse en la escuela. La monja profesora de educación física, fue la primera, le exigió que caminase derecha como el resto de sus compañeras. Soledad jugaba muy bien al voleibol, era una de las mejores de su clase, aunque a veces cuando corría para atajar la bola, se iba muy para el costado, y terminaba pegándole con cualquier cosa menos el brazo.
La profesora de matemática también le hizo un comentario, una tarde cuando la llamó a pasar al frente a resolver una ecuación, y Soledad distraída, fue desde el fondo de la clase donde estaba su banco hasta el pizarrón, meneando su cintura, como si estuviese en su habitación. Lo que hizo más bien enfurecer a su profesora no fue su meneo evidente, sino que cuando pasó al frente, no hubo manera de que resuelva el problema.
Fueron así despertando el resto de sus profesoras, muchísimo más tarde que sus compañeras, que ya la habían apodado ¨Soledad la gata de la escuela¨.
Cuando todas las profesoras se comentaron la situación, decidieron llamarla a Clemencia. Así fue que terminaron en la oficina de la directora, Clemencia, Soledad, y tres profesoras, entre ellas la monja de deportes. Habló primero la madre superiora, y les dijo que estaba preocupada por las notas de Soledad, y porque había rumores de que estaba teniendo amores con hombres mayores. Clemencia casi se infarta, cuando escuchó esta novedad. Soledad no dijo nada, y dejó que el resto hablara. Las profesoras se quejaron de las notas, de la falta de atención, y de la poca comunicación en clase. La de voleibol, se quejó de la perdida de precisión en el deporte, pero nadie habló de la cadencia. Cuando terminaron todas de exponer sus quejas. Soledad habló con calma, parada en el medio de la sala, con una mano en la cintura, y la otra en la cabeza. Si le iba mal en las clases, es porque quería dejar la escuela, ya que a su criterio no servía para nada, porque desde hacía ya un tiempo sabía, quería ser modelo.
Clemencia, se horrorizó al escuchar a su hija, aunque finalmente una vez que llegaron a su casa, y luego de largo rato de gritos y discusión tuvo que reconocerle, que por lo menos, la había tranquilizado saber que no era verdad que estuviese saliendo con un hombre mayor. Soledad como siempre, no contestó, se guardó para sí el nombre del Señor de la agencia, el que le había dicho que era perfecta y que sólo debía practicar un poco más la cadencia de sus caderas.
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