Tuesday, September 1, 2009

Ficción ¨Cecilia¨

Cecilia estaba sentada contra la ventana del café. Pasaba los minutos mirando la bruma de su aliento caliente y contemplando las formas dibujándose en el vidrio, aparecían y desaparecían, a un ritmo tan constante como su respiración y tan frecuente como sus miedos. Era una noche típica de invierno y había quedado con Matías en encontrarse allí. Hacia cuarenta minutos que lo esperaba, tomando un café tras otro. El viejo Pedro la conocía hacia diez años y le servía el café como a ella le gustaba, doble y sin azúcar. Hasta parecía saber cuando Cecilia necesitaba estar sola con sus pensamientos, y por eso esa noche, sin que ella dijera palabra se había asegurado de mantener su pocillo siempre lleno.
Cecilia era según sus amigos una mujer muy fuerte, pero quizás no lo suficiente para creerlo ella misma. Consideraba que las mujeres fuertes no pasaban noches llorando, o sintiendo que se equivocaban permanentemente - Si fuese tan fuerte diría mas veces que si, me arriesgaría más sin pensar tanto en las consecuencias - reflexionaba.
Carlos la había llamado esa misma tarde, para invitarla al cumpleaños de su mujer Queca, pero ella se había excusado, tenia algo muy importante que resolver. Algo que no la había dejado dormir las ultimas treinta noches.
Había cumplido 30 años hacía dos meses. Estaba más grande y lo sentía, aunque en algunos momentos cuando se enteraba de casamientos, hijos, y hasta divorcios de conocidos se sentía quizás demasiado joven. Desde que había cortado con Juan Pablo, en la facultad, no había sentido nunca ganas de comprometer su vida con alguien de manera tan significativa. A veces se alegraba porque sentía que la hoja de su vida sentimental estaba casi en blanco y otras noches se entristecía porque pensaba que había perdido demasiado tiempo estando sola. De todas maneras siempre que llenaba su cabeza con estos pensamientos, que coincidentemente sucedia luego de reencuentros escolares, universitarios, o laborales, volvía a pensar que sin lugar a dudas, no cambiaria su vida por la de ninguno de ellos.
Matías llego tarde. Lo vio entrar pasando por esa puerta que siempre le había parecido demasiado angosta, y que hoy le parecía gigante.
El café era una edificación muy tradicional, uno de los pocos que no habían sido victimas de las remodelaciones recientes, que parecían darles a todos el mismo estilo y la misma perdida de personalidad. La barra del bar tallada en madera marrón oscura, dos grandes heladeras de vidrio siempre llenas de tortas y merengues gigantes con crema, puertas y ventanas con pequeños vidrios redondos que recordaban a Cecilia la casa de los enanitos de Blanca nieves. Aun así, el frio se colaba por las bisagras y en noches como esa, su presunta fiel clientela se desplazaba al bar de la esquina, igual a muchos, pero cómodamente calefaccionado. Las mesas eran de madera marrón, pulida y vuelta a pintar demasiadas veces para contar, redonditas y lo suficientemente grandes para poner una taza, un libro, y un pequeño florero. Hacía tiempo que no ponían flores frescas, eran épocas de crisis y desde la última vez que Cecilia había ido habían cambiado las flores frescas, por unas similares pero de plástico. Aun así Cecilia amaba ese café, lo sentía hecho a su medida. La aliviaba ver a Pedro siempre allí, con su misma camisa blanca, su misma sonrisa manchada de tanto cigarrillo y sus mismos ojos de ángel. Hacia demasiado tiempo que había dejado a su pueblo al sur de Bahia Blanca. Y aunque solia visitar a su familia una vez al año para las fiestas, se sentía más a gusto en ese café, que en la casa de su infancia.
Ahí se había quedado él, parado junto a la puerta mirándola.
Lo había conocido hacia dos años, era compañero de oficina en la empresa. Él la había invitado a salir varias veces mientras trabajaban juntos, pero a Cecilia nunca le había parecido correcto involucrarse sentimentalmente. Pensaba que todos en la empresa iban a hablar de ellos, y que tarde o temprano uno de los dos se terminaría yendo, o eso se decía y le decía.
Afortunadamente hacía seis meses había empezado a trabajar para su hermana, que tenia una tienda de ropa interior de diseno y la había nombrado encargada de producción. Cecilia supervisaba en su mayoría a las pequeñas fabricas montadas por inmigrantes chinos que laboriosa y puntualmente cumplían con los pedidos que ella les hacía semanalmente. Le gustaba esa labor, desde chiquitita le había gustado experimentar con telas, hasta había tenido dos maquinitas de coser, que ahora según sus cálculos estarían decorando algún rincón congelado del ático patagónico de sus padres.
Apenas supo de la renuncia, Matias le mando un e-mail, diciéndole que ahora no tendría más excusas, y que si le parecía esa misma noche, la invitaba a tomar algo. Cecilia no tenía planes, hacía tiempo que había dejado de hacer danzas, y de estudiar francés, sus dos actividades extra laborales favoritas, es que nunca tenía suficiente tiempo. Esa tarde ante la perspectiva de volver sola a su casa y tener que cocinar, le contestó el mail diciéndole que sí, y le sugirió un café que estaba muy cerca de allí. Así salieron esa misma noche, y la siguiente, y la siguiente, y la siguiente. Despues de seis meses, de muchas salidas y de ninguna pelea, se encontraron nuevamente en el café de Pedro.
Matías se acercó rápidamente y sin decir palabra se sentó. Estaban frente a frente, lo suficientemente cerca para que Cecilia note que se había puesto el perfume que a ella le gustaba, el que sólo usaba para ocasiones especiales.
Hacía treinta días que Cecilia estaba inquieta, no sabía que le sucedía pero a veces sentía que no podía respirar, le pasaba caminando por la calle, mirando una película o hasta leyendo un libro. Treinta noches gastadas pensando y no le habían servido para resolver nada. Quizás él vendría con la solución a sus problemas.
Matías no dijo palabra, se lo veía cansado, solía siempre estar muy bien peinado, pero esa noche, parecía haberse levantado de una larga siesta y no haber siquiera contemplándose en el reflejo de alguna vidriera y sentido el impulso de pasarse la mano por su cabeza.
Se miraron largo rato y trataron de leer en sus ojos lo que ninguno podía expresar con palabras. Cecilia sintió una vez más que se le cerraba el pecho. Matías por primera vez sintió lo mismo.
Ella se fue esa noche fría caminando sola, más despierta que de costumbre aunque con un poco más de gastritis en el cuerpo y las mismas incertidumbres en el alma.

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