Wednesday, September 30, 2009

Ficción "La minifalda"

Solía pasar por la vereda donde estaba el restaurante y caminar con distintas minifaldas, parecía tener una para cada día de la semana. Las combinaba con distintas blusas de volados, de variados tamaños. Ese día se había puesto una de color azul Francia, con dos volados que salían desde el cuello, una combinación de vestimenta medieval y babero de bebé aristocrático. La minifalda era en distintos tonos de verde y marrón, dando una sensación de camuflaje, que nada hacía más que contrastar con la vereda de baldosas amarillas de la calle Corrientes. Traía como siempre el mismo bolso de cuero negro con manijas charoladas, demasiado grande para su tamaño.


Había sido Actriz en una época, eso le contaba a todo el que encontraba. No sé en qué año, porque era muy difícil descifrar su edad. Tenía la piel de una mujer grande, pero sin embargo parecía no tener arrugas, su piel brillaba como brilla la de un adolescente con acné pero hablaba de épocas y compañeros de cartel, que hacía tiempo habían fallecido. Su pelo parecía natural, aunque más de una vez me di cuenta que se movía demasiado, y sospeché para luego comprobar con certitud que se trataba de una muy buena peluca.

Esa tarde la vi caminando por la misma vereda, como hacía diariamente desde que nos mudamos con la empresa a la oficina del centro, ya hacía casi 15 años. Pero esa tarde sin embargo fue distinta. Ella solía caminar por la misma cuadra, llegaba a la esquina de Corrientes y Suipacha y giraba lentamente su cuerpo, como si se hubiese olvidado algo en el camino, disimulando su locura, y evidenciando un dejo de cordura en su intención. Giraba y volvía a un paso lento pero seguro a caminar hacia el restaurante que estaba ubicado exactamente a mitad de la cuadra. Yo no sabía si ella se detenía allí porque era justo la mitad y era obsesiva compulsiva, o si de verdad tendría razones para esperar fuera de aquel restaurante. Es que ella no entraba, sólo se quedaba mirando desde afuera un buen rato, como esperando que saliera alguien, y cuando se cansaba comenzaba su caminata hacia la otra esquina, y así seguía todo el día. La veía caminar al entrar a mi oficina a eso de las 9 de la mañana, y seguía allí caminando o esperando cuando yo terminaba mi jornada, a eso de las 6 o 7 de la tarde.

Vuelvo a aquella tarde, cuando la vi, con la blusa azul Francia y la minifalda camuflada. Tenía un cigarrillo en la mano, y fumaba sin parar, se había quedado como de costumbre parada fuera del restaurante. Terminó su cigarrillo y ahí fue cuando sucedió.

Saliendo del café una señora rubia, alta, muy elegantemente vestida, con su pollera recta hasta las rodillas haciendo juego con un saco atado a la cintura de color crema y zapatos negros de tacón. Me acuerdo bien de los zapatos porque me parecieron demasiado altos para una mujer común, una mujer como yo que trabajaba todo el día parada atendiendo gente en la oficina. Detrás salió un hombre, parecía mayor, lucía un traje de sastre de lujo, de esos que se hacían en otras épocas, pero que evidentemente conservaba en impecable estado, lo mismo que su figura. En ese momento no supe si ellos estaban juntos, pues cada uno al salir del restaurant tomó dirección opuesta, caminando hacia distinta esquina.

Con su blusa de volados azul y su pollera de guerra, sacó un arma de la cartera, y le apuntó a la mujer de traje crema. Yo estaba parada muy cerca, porque recién salía de mi oficina, y pude ver las manos envolviendo la pistola que temblaban, un temblor de edad quizás, pero a mi más bien me pareció que temblaba de miedo. La gente a mi alrededor comenzó a gritar. Y el hombre que estaba ya casi llegando a la otra esquina, al escuchar el escándalo, se dio vuelta, y desde esa distancia, gritó - ¡Ana María! ¡¿Por Dios, que estás haciendo?!

La señora de traje crema, no dijo palabra, se la veía asustada pero no tanto como Ana María. Ana María guardó el arma en su bolso, giró lentamente como lo había hecho cada tarde en cada esquina, me miró, y me dijo - Lo sabía, yo lo sabía, me llevó 15 años y un arma lograr que confiese – Un llanto seco salió de su alma cansada. La abracé, y trate de consolarla acariciando su cabeza como se le hace a un niño que acaba de lastimarse una rodilla. No me di cuenta que esa mañana me había puesto el anillo de compromiso que me había dado Rodrigo hacia 20 años, y que me negaba a usar por razones de seguridad. Sin embargo ese día cumplíamos 17 años de casados, e iríamos a cenar luego del trabajo. Los pelos quedaron atrapados entre la piedra y el metal, y junto con la caricia se deslizó su peluca negra, dejando ver su cabello blanco atado fuertemente en un pequeño rodete. Traté de desenredar su peluca de mi anillo, intenté varias veces pero no pude. Me miró a los ojos, y me dijo- Ya no importa, gracias – Y se fue, caminando sola, como tantas otras veces, sólo que ahora desentonaba más su vestimenta. Me tomé un taxi y llegué a la oficina de mi marido. Le pedí un par de tijeras para cortar los pelos. –¿Decime que haces vos con una peluca en la mano?- Es una larga historia, ¡Feliz Aniversario!-

Me pasé la noche pensando. Una herida vieja, aunque se haya secado, al abrirla duele demasiado. Le pedí a Rodrigo, que si algún día se encuentra con una mujer de traje crema, que me avise cuanto antes, asi puedo caminar, y seguir caminando, sin detenerme a esperar a nada ni a nadie. Solo caminar hacía adelante. Me dijo que no entendía de que le estaba hablando, me dio un largo beso.

–Gordita vos sabes que yo odio el color crema.-

-Lo sé, por eso te amo.-

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