Se llamaba Elena Vargas, y era la única de su familia que pensaba en ser monja. Tenía cinco hermanas, todas menores que ella. Sus padres, pertenecían al grupo de los comúnmente llamados “ultra católicos”. Algunos pensarían que por esa razón tuvieron tantas hijas, pero los más acertados sabían más bien que a Laura y Augusto les gustaba festejar todos los días. Por toda la casa se escuchaban sus uniones espontaneas. Elena se preguntaba si la pasarían bien, ya que los llantos y sonidos que emitia su madre retumbaban las paredes de la vieja casa y para Elena se asemejaban más al sufrimiento de un perro herido que a la dicha de un festejo. Pero bueno, Elena no sabía mucho de aquello, todavía.
En el colegio era aplicada, aunque en catequesis no entendía nada. La monja la consolaba, explicándole, que la Fe no había que entenderla, que con solo creer bastaba. Tanto tiempo pasaba Elena en el colegio, que fue aumentando su cariño, por las monjas, los pasillos, los olores, y la ausencia. Ausencia de ruidos, pues en su casa la invadía una charla continua, de tonos altos, casi sopranos, que diariamente oía. Ni en las noches descansaban los pobres oídos de Elena.
Le atrajo desde chica, el silencio de las tardes en la escuela, cuando todas las alumnas se retiraban y ella se quedaba ayudando con la limpieza. Al lado estaba la casa de las monjas, y en la esquina, una pequeña capilla. Elena comenzó limpiando los pasillos, ayudando a la hermana Pobreza de Dios, pues así se llamaba, su maestra de catequesis. A medida que limpiaban, Pobreza de Dios, la iba convirtiendo, y las dudas que tenía sobre su fe, poco a poco se le iban aclarando. Elena no estaba convencida al principio, y había muchas cosas que le daban risa, y otras tantas que le daban tanta pena que pasaba noches de insomnio tratando de entenderlas.
Una vez la hermana Pobreza de Dios, le contó la historia de una muchacha de su pueblo, que casualmente tenía la misma edad que ella. Vivía con su familia, y todas las tardes trabajaba en una gasolinera en el centro del pueblo, para poder ayudar a sus padres con los gastos de la casa. La hermana Pobreza de Dios, la conocía, pues solía ir con la camioneta del convento a cargar gasolina una vez a la semana. La muchacha estaba siempre detrás del mostrador, donde cobraba los dulces, y bebidas, y a los clientes que pagaban con tarjeta de crédito.
Pobreza de Dios, había cargado el tanque de combustible y entrado como hacia semanalmente a pagar con la tarjeta de crédito corporativa del convento. La empleada, que se llamaba María, había pasado la tarjeta pero la maquina le daba constantemente un aviso de error. Pobreza de Dios no tenía dinero en efectivo, y se lo dijo. María intentó unas cuantas veces más pasar la tarjeta por la maquinita pero no tuvo éxito. Finalmente, María miró a la hermana con una mezcla de cansancio y ternura, dos cualidades que parecían estar permanentemente marcadas en el rostro de la muchacha, y que en el transcurso de esos minutos se habían acentuado. Le dijo, que se vaya, que no le cobraría nada, pero que se acordara de ella, y rezara por su familia. Pobreza de Dios se fue muy contenta de la gasolinería, no tanto por el dinero, aunque pensó podrían usarlo con provecho en el convento, sino por la muestra fiel de generosidad de aquella muchacha.
Caminando hacía la camioneta, escuchó un ruido muy fuerte que la hizo dar vuelta. El gerente de la gasolinera había escuchado la decisión de María y estaba furioso con ella. Fue una estantería de alfajores, que tiró al piso, y desparramó por todos lados. Pobreza de Dios, salió corriendo hacia la estación. Quería explicarle que vendría más tarde con el dinero, que por favor no castigue a María, que era una buena empleada, piadosa, y generosa. Pero al gerente no le interesaba nada de eso, y menos que menos escuchar a una monja. Tomó un pedazo de estantería del piso, y como si hubiese sido poco el anterior despliegue de violencia, tiró la madera astillada a la cabeza de la muchacha . María ni siquiera defendió su cuerpo con sus manos, ni hizo ningún movimiento para evadir lo que se le venía encima, la muchacha parecía no tener ningún instinto vivo de autoprotección . Se quedó parada con la madera astillada clavada. Pobreza de Dios salió corriendo con ella de la estación, la sentó en la camioneta, y manejo hasta el hospital del pueblo. La gente que estaba dentro también salió corriendo, todos subieron a sus autos manejando aunque casi ninguno había pagado.
En el hospital trataron a María con la mayor delicadeza, le sacaron la madera, y le vendaron toda la cabeza. Veinte días estuvo en su casa, sin poder verse. Pobreza de Dios, pasó todas las tardes a visitarla, le llevó a ella y sus hermanos, pasteles y galletitas horneadas por las monjitas del convento. Había pasado también por la estación de servicio, a saldar su cuenta. Y se alegró al ver que el gerente violento ya no trabajaba más allí.
Cuando María fue por última vez al hospital, le sacaron la venda, y aún viendo las caras de consternación de las enfermeras, pidió que le trajeran un espejo. Llamaron al médico de urgencia, porque María se desmayó. Su rostro había quedado desfigurado, le faltaba parte de la nariz, tenía el labio superior cortado en dos, y solo le quedaba una ceja. El médico estaba preocupado, porque nunca habían tratado un caso semejante en el pueblo, y no disponían de los equipos ni de la experiencia, para resolver esa dolencia. Él mismo se encargó de contactar al hospital de la ciudad, y allí derivó a María, que se fue esa misma tarde junto con su mamá.
Pobreza de Dios se enteró de todo esto, gracias a una de las enfermeras, hermana de una monja del convento. Quiso ir a ver a María a la ciudad pero no le dieron permiso para ir tan lejos. Pobreza de Dios rezó por ella, por su familia, por su belleza. Rezó todos los días, lo más que pudo, hasta pasó muchas noches sin dormir, pues se despertaba espantada con la imagen del rostro arruinado de María.
Pasaron meses y Pobreza de Dios no supo mas nada de la muchacha, hasta que yendo una tarde a la gasolinera la vio parada en el medio de los tanques con un encendedor en la mano, y en la otra mecha de algodón muy grande. Pobreza de Dios bajó muy rápido de la camioneta, se acercó a ella, y tomándole la mano, le dijo
–María no lo hagas por favor-
- Pero madre soy un monstruo, míreme la cara, soy un monstruo- y se largó a llorar con un llanto desconsolado, un llanto como de animal desgarrado. Pobreza de Dios sintió su dolor, y escuchó su llanto un buen rato, ese llanto que era la evidencia perfecta de la imagen deshumanizada que María veía en el espejo desde aquel trágico día. Pobreza de Dios la abrazó, y María lloró y lloró, hasta que se le secaron las lágrimas, no por falta de dolor, sino porque una astilla le había destruido el lagrimal izquierdo. María le preguntó porque Dios la había castigado con semejante cosa, cuando ella solo había querido hacer algo bueno. Pobreza de Dios, pensó un largo rato, mientras seguía abrazándola con toda la fuerza y la compasión de la que era capaz, y finalmente dejó de pensar. No había razones lógicas, o explicaciones a lo que había pasado, solo se le ocurrió decirle a María que Dios la estaba llamando. Sí, Dios quería que le diera su vida. Su belleza era demasiada para este mundo, y ahora con su belleza interior intacta le pedía que se dedique a servir a los demás.
María comenzó a visitar la capilla del convento todas las tardes. El Padre que estaba en esa época en el convento la confesaba todos los días, y María comulgaba. Pobreza de Dios se convirtió en su consejera, y de a poquito la fue llevando a comprender el mensaje de Dios para su vida. María dejo de mirarse en los reflejos de los vidrios, pues hacia ya un tiempo que no se miraba en ningún espejo. Comenzó a trabajar en la huerta, a hornear en la gran cocina, a rezar el rosario, y a contemplar las estrellas. María decidió consagrarse y eligió llamarse María Corazón de Jesús.
Elena escuchaba esta historia con muchísima atención, estaba parada contra el portón del patio y había dejado la escoba en la misma posición desde hacía largo rato. –¿Qué pasó con María Corazón de Jesús?
--Bueno Elena, la historia es más larga, pero ahora ya es tarde y debes ir para tu casa, mañana seguimos-
-! Ay! No, pero ahora me quedo con la intriga! Hermana cuénteme por favor!-
Y Pobreza de Dios, que tenía una debilidad especial por Elena, le contó lo que faltaba de la historia de la muchacha desfigurada.
Elena volvió a su casa y como siempre, escuchó desde antes de entrar, ruidos, gritos, y conversaciones variadas. Su papá estaba en el living sentado como siempre con su pipa, su mamá en la cocina con sus dos hermanas más chiquitas. Elena fue directo a su habitación, cerró la puerta, bajó la persiana, y rezó. Rezó por María Corazón de Jesús, rezó por la hermana Pobreza de Dios, y rezó por ella. Le pidió a Dios que le instruya en el camino que debía seguir, pues ya en su corazón empezaba a escuchar una llamada.
María Corazón de Jesús, había muerto esa mañana, luego de consagrarse monjita, se desplomó en la iglesia. Su corazón había parado, así de golpe, y sin aviso. La enterraron en la capilla, y le hicieron una larga misa. Pobreza de Dios, hablo de su hermosura, de su generosidad, y su entrega. Aún en los momentos de duda, María había estado protegida. Dios la llamaba, pues era demasiado para esta familia humana.
Elena quería ser igual a ella, quería poder ir con Dios aún cuando no estuviese desfigurada. L a mañana siguiente en la escuela, Elena habló con Pobreza de Dios, y le dijo que sentía que su camino estaba allí, con ella. Pobreza de Dios la escuchó, y le recomendó que todos los días leyera un pedacito de la Biblia, y luego le comentara que sentía. Así hizo Elena, durante un año entero, día por día, llegaba a su casa, y leía.
Al cabo de un año y habiendo cumplido los diecisiete años. Pobreza de Dios, llamó a Elena a su celda, le dijo que pronto terminaría la escuela, y que el momento se estaba acercando. Su deseo de consagrarse estaba cada vez más cerca, vendría el Obispo a conocerla y hablar con ella. Elena no supo que contestarle a la Hermana, pues hacia dos semanas, se había enterado que estaba embarazada.
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